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El Púgil
Se renueva todos los martes |
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UNA NACIÓN DIVIDIDA
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Florentino Portero 31 Mayo 2005
Publicado originalmente en Grupo de Estudios Estratégicos |
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Pasión de los progresistas por las dictaduras |
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A POLÍTICA EXTERIOR ha sido un elemento de división desde 1975. La entrada de España en la OTAN y la Guerra de Iraq enfrentaron a los españoles como ningún otro tema lo había hecho. Estas tensiones fueron fluctuantes. Los mismos socialistas que tanto explotaron el no a la OTAN apoyaron posteriormente la plena incorporación de España a esa organización durante un gobierno presidido por Aznar. Sin embargo, en la actualidad hemos llegado a un estadio en el que parece que las fluctuaciones han quedado definitivamente atrás. Nos encontramos ante una sociedad dividida, con dos visiones antagónicas que no parece que puedan reencontrarse en un tiempo breve.
Nuestra tradición de enfrentamientos civiles puede hacernos pensar que estamos ante un fenómeno español. Sin embargo, esto no es así. Ni nuestra historia es tan singular ni lo es el creciente distanciamiento entre unos y otros en relación a la política exterior, de seguridad y de defensa. Estamos ante un proceso característico de Europa Occidental, de las sociedades europeas que no estuvieron bajo el control de la Unión Soviética. Estas últimas han vivido, han sufrido experiencias tan intensas en décadas pasadas que se mantienen más unidas en pos de metas comunes de independencia y libertad. Pero éste no es el caso de los que llevan más años disfrutando de la democracia.
Desde la desaparición de la Unión Soviética los elementos de cohesión han ido desapareciendo, animados por las diferencias en torno a la evaluación y estrategia a seguir en la Guerra contra el Terror. Con la excepción de Francia y el Reino Unido entre los grandes, donde el consenso todavía es grande, en el resto de los estados encontramos sociedades divididas, lo que lleva a giros diplomáticos cada vez que se produce un cambio político. Países próximos a nosotros como Alemania e Italia son claros ejemplos de esta nueva situación.
Si España es diferente lo es sólo en dos aspectos, la radicalidad y la falta de oficio de nuestros responsables diplomáticos, empezando por el Presidente del Gobierno. El Franquismo fue una experiencia única que generó, entre otras desgracias, una imagen de la izquierda radical más positiva de lo que hubiera sucedido en condiciones democráticas y, desde luego, de lo que ocurría en las naciones vecinas. La atracción por Castro o por Chávez no son fáciles de comprender por socialistas europeos, por citar un caso. Problemas internos del Partido Socialista llevaron a un grupo de dirigentes, de limitada formación y sensatamente arrinconados durante años, a ocupar los puestos de mayor responsabilidad. Hechos como éstos nos ayudan a entender la peculiaridad española en el marco de un proceso que afecta a casi toda Europa.
La nueva política se basa en el rechazo a la globalización liberal y al concepto de Guerra contra el Terror acuñado por Estados Unidos. Por el contrario, buscan la colaboración con regímenes dictatoriales o populistas antiliberales, que plantean, desde un supuesto progresismo, una alternativa a la democracia liberal y a las economías abiertas. Todo ello simbolizado en un giro radical respecto a las políticas seguidas por Aznar.
En Europa se abandona la opción modernizadora de la Agenda de Lisboa o el tradicional atlantismo, para asumir un europeismo radical que se percibe como contrapeso de la influencia norteamericana. Queda atrás el intento de tener voz propia, escenificado en la renuncia a lo aprobado en el Tratado de Niza, y se acepta el liderazgo franco-alemán, todo ello a cambio de nada.
Estados Unidos se convierte en un eje fundamental, pues se trata de contener su influencia. Los errores cometidos por Zapatero han llevado a una situación humillante, que el gobierno trata de resolver a base de nuevos despropósitos. En realidad ambas partes tienen objetivos semejantes: rebajar la relación al mínimo. Ni a Estados Unidos ni a los socialistas españoles les interesa más. Las excelentes relaciones que tanto nos costó lograr, y que suponían una base para aumentar nuestra influencia y mejorar la capacidad de nuestras empresas, quedan definitivamente atrás.
En América Latina se vuelve al modelo establecido por el general Franco, por el que España debe buscar en el nacionalismo latinoamericano y al antinorteamericanismo su propio espacio. Si hasta hace un año nuestro objetivo era asentar regímenes democráticos y animar la apertura de las economías locales, ahora apoyamos populismos bolivariano, peronista- y arrastramos a la Unión Europea a quitar presión sobre la dictadura castrista.
Todo régimen progresista crítico con Estados Unidos es un amigo potencial con el que hay que dialogar y buscar compromisos. Esto es evidente tanto en el caso castrista como en el Mundo Árabe. Frente al islamismo se rechaza la estrategia norteamericana y se apuesta por la policía y la diplomacia regional. En su opinión, más cooperación generará comprensión y desarrollo económico y concluirá poniendo fin a las bases sociales que llevan al terrorismo. El problema es que cooperar y dialogar con regímenes corruptos no supone modernización sino más corrupción y no frena el desarrollo del islamismo sino que lo alimenta.
Caso especial es el de Marruecos. Zapatero ha recuperado la diplomacia establecida por el último González y ha dado la vuelta a la seguida por Aznar. España ha abandonado a los saharáuis a su suerte, renunciando al Plan Baker y al ejercicio de su autodeterminación. Si González aceptó ante Hassan II establecer una célula de reflexión sobre Ceuta y Melilla, es decir hablar de soberanía, Zapatero trata ahora de desarrollar una política de apaciguamiento con Marruecos, dado su rechazo al uso de la fuerza en la defensa de los intereses nacionales y la necesidad de gestionar problemas como el del islamismo, la emigración ilegal o Ceuta y Melilla. Una política que llevará a nuevas concesiones, dada la debilidad de la posición española y las históricas exigencias marroquíes, agravadas por la debilidad política del régimen.
El gobierno Zapatero ha optado por abandonar la posición internacional heredada, sin duda relevante y comprometida con la expansión de la democracia, y ha recolocado a España en una situación de menor protagonismo, subordinada al eje franco-alemán, simpatizante con regímenes antiliberales y comprometida con una política de apaciguamiento. Con ello España, como otras naciones europeas, se instala en la esquizofrenia diplomática y queda relegada a la irrelevancia. |
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