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El Púgil
Se renueva todos los martes |
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ESPAÑA EN BABIA,
UN AÑO DESPUÉS
Un año después del 19 muharram de 1425, 11 de marzo de 2004 para los infieles, muchos españoles siguen en babia {1} |
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Pedro Insua Rodríguez 03 Mayo 2005
Publicado originalmente en El Catoblepas |
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Pedro Insua Rodríguez. Filósofo |
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Pues surgiendo con el número 11, que en las santas escrituras siempre es infausto, sometió tres reinos, al ocupar las provincias de los griegos, de los francos, que sobrevivían bajo el nombre romano y domeñó con planta vencedora las gargantas de los godos occidentales y al intentar también deshacer el Decálogo, es decir, la religión universal y el número, que en la mayoría de los casos es usado para todo [...]» (Álvaro de Córdoba, El Indiculus Luminosus, págs. 139-141)
«¡Paz!, ¡Paz!,¡ Paz! Croan a coro todas las ranas y los renacuajos de nuestro charco» (Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, pág. 131) |
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1. El antes y el después de las «cosas de los Moros» en España
George Borrow, más conocido por sus coetáneos españoles como «Jorgito, el Inglés», en su célebre La Biblia en España (traducida al español nada menos que por Manuel Azaña), hace una observación, en el capítulo dedicado a su paso por Córdoba que, hoy día, ya de ninguna manera podemos hacer:
«Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente, y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración de cuanto es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma noble, son sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la indiferencia con que cruzan ante los restos de la antigua grandeza mora en España. Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro tiempo fueron los moros, ni la conciencia de la situación actual les entristece. Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas, dátiles y sedas de Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa, aun cuando la mayor parte de estos hombres estén lejos de ser unos ignorantes y hayan oído y leído lo que ocurría en España en los antiguos tiempos. Una vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante amigo mío acerca de su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró usted le pregunté al pasar por aquellos patios, al acordarse de los Abencerrajes?» «No respondió ¿Por qué había de llorar?» «¿Y por qué fue a ver la Alhambra?», pregunté. «Fui a verla porque estando en Granada para asuntos míos un compatriota de usted me rogó que le acompañase a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones. Es seguro de que espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque la subida es penosa». El hombre que me hablaba así compone versos y no es en modo alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo en la catedral de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron pausadamente, dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero. Todo el interés por aquel lugar se tradujo en dos o tres ojeadas ligeras de las columnas, diciendo uno de ellos: «Huáje del Mselmen, huáje del Mselmen» («Cosas de los moros, cosas de los moros»); y la única muestra de respeto que dieron por el templo donde en su tiempo se prosternaba Abderrahman el Grande fue que, al llegar a la puerta, se volvieron de cara y salieron andando hacia atrás; sin embargo, aquellos hombres eran hajis y talibs, hombres asimismo de grandes riquezas, que habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y en la gran ciudad de la Nigricia» (Cap. 17, págs. 209-210){2}.
Esto ocurría, la estancia de Borrow en Córdoba, por el mes de diciembre de 1836, en el ecuador del período de regencia de María Cristina, tras el declive del gobierno de Mendizábal (con el que por cierto se entrevista Borrow), tras la caída de su sucesor «moderado» Istúriz, tras el motín doceañista de «La Granja»... y en plena guerra carlista{3}, en un período, el de los años treinta en general, de grandes transformaciones para España: dos años antes (15 de julio de 1834) es abolida, definitivamente, la Inquisición, y ya con Mendizábal en el gobierno, se suprimen las «pruebas de nobleza» para acceder a cargos públicos, se suprime la Mesta, tiene lugar la abolición de mayorazgos así como la supresión de los señoríos y se inicia, como es sabido, el proceso de la «primera» desamortización (con toda su problemática)... Transformaciones que, desde la proclamación en Cádiz de la «nación española» impulsada, sobre todo, por el liberalismo español (Quintana, Torrero, López Estrada, el conde de Toreno, Argüelles, Martínez Marina, Capmany) y, por cierto, «Dios trinitario mediante»{4}, van consolidando, aunque problemáticamente (el absolutismo de los Cien Mil Hijos de San Luis, sobre todo el carlismo, el foralismo, el cantonalismo...), el proceso de holización{5} política en el que España se ve comprometida a partir del levantamiento contra el francés en 1808, y que desencadena, con la abolición o reforma del tejido institucional (imperial) previo sobre el que se aplican estas transformaciones, la emancipación paulatina de las repúblicas americanas (y del Pacífico). La Nación española constituida, como resultado de tal proceso de holización, sobre las bases del Imperio español (dialelo), abarca a principios de siglo «ambos hemisferios»{6}, terminando, un siglo después, «confinada» en la Península ibérica, Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla: tras la sucesiva emancipación de las repúblicas americanas, culminada, como es sabido, con el «desastre» del 98, España se va viendo «reducida», como nación canónica, al territorio peninsular tal como en el Presente la conocemos{7}. Una nación española en todo caso que, como sus homólogas americanas (Argentina, México, Perú, Colombia...), nada tiene que ver políticamente, ni la una ni las otras, con al-Andalus.
Sea como fuera, esta es la, todavía en 1836, parte peninsular de la nación española que recibe la visita de Borrow.
La cuestión es que algo más de siglo y medio después de esta visita, ya no nos podemos asombrar, como se asombraba Jorgito el Inglés, de tal indiferencia mostrada por los «moros de Berbería» hacia esas «cosas de Moros» situadas en España, en esa parte que ahora es el todo nacional, sencillamente porque tal indiferencia no existe. Un asombro el de Borrow, por cierto, no exento por su parte de cierta indignación y reproche hacia el moro descuidado, inadvertido, inconsciente de lo que tiene ante sus ojos. Sobre todo tras el discurso pronunciado por Bin Laden el 7 de Octubre del 2001, haciendo referencia a la «tragedia de al-Andalus», y tras el 11 de Marzo de 2004{8}, cuyos responsables son prácticamente todos marroquíes, ya no hay nada que reprochar al moro en este sentido.
Efectivamente, hoy día, la subida a la Alhambra ya no le resulta al moro tan penosa como en los tiempos de Borrow. Ya las «ojeadas» del moro hacia la catedral de Córdoba, pero también hacia la de Sevilla..., no son tan «ligeras», sino al contrario, son más pausadas, prolongadas y «reflexivas»{9}. Borrow pues, no podría hoy asombrarse, y es que la indiferencia se ha transformado en interés, como quería Jorgito, produciendo en el moro tales restos, tales reliquias Alhambra, catedral de Córdoba, Medina Azahara... precisamente esa nostalgia por Borrow extrañada, nostalgia acompañada además de indignación por la «pérdida» de lo que ahora el moro ya ve como «legado» suyo: el «Legado andalusí». Y es que tal indignación y nostalgia no permanecen, desde luego, conformes ante semejante «pérdida», sino que, desde ellas, «el moro» reclama, exige restauración, restitución del «legado» a su «dueño». Un «legado andalusí» pues que, según son vistas ahora tales reliquias, pide continuidad, como si fuese una heredad que ha encontrado a su antiguo dueño después de haber sido este «expropiado»: así ve ahora «el moro» tales reliquias, como restos de su antigua heredad, como partes formales de un «legado» que, tras haber sido saqueado y, en parte, arrasado durante lo que se concibe como «ocupación católica», esto es «infiel», aún puede recomponerse, presentándose «el moro» frente al español infiel, y precisamente en virtud de su «fidelidad musulmana», como legítimo heredero suyo, como legítimo propietario de tal «legado andalusí». Es al parecer la «fe islámica», y no otra cosa pues, lo que da derecho de propiedad sobre el «legado andalusí», según esta nueva consideración del moro hacia tales reliquias, siendo el «fiel musulmán», aunque sea español, el heredero legítimo de ese «legado»{10}. La Alhambra, la «mezquita» de Córdoba, Medina Azahara, los baños árabes de Jaén o los de Córdoba...pero también los manuscritos andalusíes conservados en El Escorial... son vistos, no desde luego como Patrimonio nacional español (conservado y mantenido por esa nación surgida, como nación canónica, sobre la plataforma del Imperio español que, sea como fuera, también los conservó en su seno{11}), sino como propiedades cuyo titular es el fiel musulmán. Una propiedad, la justificada por semejante título, que se hace coextensiva, además, al territorio sobre el que se extendió la propia sociedad política, el al-Andalus omeya, o, en su defecto, la Granada nazarí, que generó lo que ahora se definen, desde la ciencia histórica, como reliquias suyas.
Es decir, desde el plan teológico político islamista, que contempla España como propiedad suya, se quiere transformar España en «al-Andalus» en razón de que la Península es de suponer que Portugal también se ve involucrado en este plan de transformación se constituyó antes como al-Andalus musulmana que como España «infiel» (título de primer ocupante). Pero además se constituyó con una «brillantez» como sociedad política, de la que la «católica» España siempre ha carecido (título de civilización). Es esta identidad musulmana de la Península la que hay que restaurar, según dicho plan, en contra de su actual «identidad infiel», siendo el «al-Andalus» el programa relativo a este plan.
En una palabra, esa parte peninsular de la nación española visitada por Borrow, esa parte peninsular que surge al «levantarse» contra el francés invasor, esa parte definida en Cádiz como nación política holizada y que ahora representa la «totalidad» de la nación («lo que queda» en el siglo XXI en la península de la nación española que, en el XIX, abarcaba «ambos hemisferios») es vista en el Presente político, y no sólo por «los moros de Berbería»{12}, como «legado andalusí», como «territorio ocupado», como el al-Andalus que pide ser «descubierto» y «reparado», tratándola de redefinir teológico-políticamente al «devolverle» su identidad musulmana. Más claro: España no se contempla, desde semejante plan, como nación política, sino como un territorio que «de derecho», el «derecho de al-Andalus», pertenece a la Casa del Islam{13}: España representa, pues, una tragedia para el islamista, la «tragedia de al-Andalus», que contrasta totalmente con aquella indiferencia mostrada por el moro, siglo y medio antes, hacia «la antigua grandeza mora en España» (según decía Borrow).
¿Qué ha ocurrido pues durante este siglo y medio largo como para que ya no nos podamos asombrar de tal indiferencia, ahora inexistente?, ¿qué ha ocurrido como para que de aquella indiferencia se haya pasado a esta interesada indignación, exigente de restitución?, ¿qué ha ocurrido como para que el «alma mora» se haya transformado, y mire tales reliquias con «exaltación» y «tristeza» («no es el ojo el que ve, sino el alma a través del ojo»), sin esa indiferencia observada por Borrow?
2. Descubrimiento de la «España mora» por el europeismo anticatólico
La cuestión es, desde luego, muy compleja, pero algo, si no todo, de lo que ha ocurrido tiene que ver con ese reproche «europeo» dirigido por parte del Protestante (Borrow{14}) hacia el moro, por no apreciar y valorar éste, en su «justa» medida, lo que tiene delante al observar la Alhambra o la catedral muchos, desde hace mucho tiempo, dicen «mezquita» de Córdoba. Y es que en efecto las obras de esos viajeros «europeos», esos «curiosos impertinentes» como se les ha llamado{15}, están salpicadas de observaciones de este tipo, exaltando constantemente el glorioso pasado oriental de España{16} frente a la situación supuestamente deprimida, atrasada, empobrecida, ruralizada de la España coetánea, la España decimonónica, o, mejor dicho, la parte peninsular de la España del XIX{17}. Una situación la de la España del XIX, según la veían estos «impertinentes», consecuencia de la influencia del catolicismo fanático («secta papal», «régimen frailuno», dice Borrow{18}), supersticioso, oscurantista, por el que España transitó secularmente y que, tras derrotar a esa luminosa «España mora», tras expulsar a la «civilización» de la península, mantiene a España estancada, aislada, ajena, excéntrica respecto a la «civilizada Europa».
El wellingtoniano Richard Ford, en su famoso The Handbook for travellers in Spain and readers at home (Manual para viajeros en España y lectores en casa), publicado en 1845, quizás el más leído e influyente de todas estas obras, insiste constantemente en esta excentricidad española, según la cual el español es un turco en Occidente. Así Ford afirma cosas como la siguiente: «El español, criatura rutinaria y enemiga de las innovaciones, no es aficionado a viajar; apegado a su terruño por naturaleza, odia el movimiento tanto como el turco», razón por la cual Ford ve inviable la instalación del ferrocarril en España (Ford hace su viaje entre 1830 y 1833: no pasó mucho tiempo hasta que se construyó la vía férrea Barcelona-Mataró). Sin embargo, a la vez, también afirma que, si bien los españoles son perezosos como los orientales, mejoran cuando son llevados de viaje y es que, dice Ford, «es lo que conviene a estos descendientes de los árabes», con su característica vida nómada. «Imaginación oriental», «falta oriental de curiosidad», pasividad típica del fatalismo de los discípulos de Alá, son expresiones que aparecen constantemente en el retrato, más bien caricatura, dibujado en el célebre Handbook, que dice, desde luego, más de Ford que de los españoles{19}.
Un origen oriental, pues, el que «descubre» esta literatura romántica, que va a quedar confrontado con la «estructura» católica de la nación, de tal manera que las cosas de España se explican como si el catolicismo hubiese impreso, con su implantación en la Península tras la derrota de la «España mora», una suerte de «movimiento violento» que dirige a la Península por una trayectoria aberrante esto es España, desviándola del Oriente en tanto que «lugar natural» suyo y al que se ve constante, aunque crípticamente, atraído: España es pues una aberración, un desvarío (entre africana y europea, ni africana ni europea) inducido por el catolicismo, siendo esta la razón de que tal trayectoria se encuentre ahora, en el XIX, agotada, exangüe, pobre, en donde la vida, según muchos de esos «curiosos» y parafraseando a Hobbes al describir la vida del hombre en «estado natural», es brutal, cruel, desagradable y corta: Gautier, quizás uno de los más «impertinentes», lo dirá con toda claridad: «El Puerto de los Perros se llama así porque por allí salieron los moros vencidos de Andalucía, llevándose con ellos de España la prosperidad y la civilización. España, que toca al África como Grecia al Asia, no está hecha para las costumbres europeas. El genio de Oriente se abre paso en todas las maneras posibles, quizás resulta desagradable que España no siguiera siendo mora o mahometana» (Gautier, Voyage en Espagne, pág. 243, apud Fanjul, loc. cit., pág. 223).
Un «descubrimiento» este, el de la próspera y civilizada «España mora», que, fundamentado en buena medida en esa mezcla de ignorancia, a veces confesada, y anticatolicismo{20}, con la que estos viajeros enfocan las cosas de España, entra, en cualquier caso, en conflicto con el al-Andalus histórico, el real, en la medida en que tales reliquias pierden, a través del relato romántico elaborado en torno suyo, su carácter de fenómeno histórico, produciéndose así un conflicto objetivo con la propia teoría histórica (la obra de Fanjul es ejemplar en este sentido, pero no es ni mucho menos la única). Y es que, en efecto, a medida que al-Andalus fue creciendo como categoría historiográfica, como sujeto en torno al cual se fueron reuniendo, conociendo históricamente, las reliquias y los relatos que fundamentan tal categoría, fue creciendo también, a los ojos de muchos de esos «europeos», ese fantástico contraste entre la «ilustrada» «España mora» y la «oscurantista» España católica. A medida que se iban transformando estos fenómenos la Alhambra, Medina Azahara,... así como los documentos conservados correspondientes a tal período en teoría histórica, de la mano de la historiografía del XIX (Pascual Gayangos, Dozy, Simonet,...), estos mismos fenómenos se fueron transformando de la mano del anticatolicismo de viajeros, literatos y pintores románticos, y al margen e incluso en contra de la categoría histórica, en un «Paraíso Perdido», en un lugar ameno propio de las mil y una noches con el que acabó ese catolicismo irredento y fanático.
En una palabra, al-Andalus, a medida que se transformaba en categoría histórica, se iba transformando también en mito negrolegendario anticatólico, y después antiespañol el «mito de al-Andalus contra España»{21}, en el que la «civilización andalusí» aparece como ideal político, como sociedad política dotada de los atributos característicos del buen gobierno, en contraste con la decadencia en la que se presupone está sumida España como consecuencia del gobierno despótico de la Monarquía Católica.
Es el «descubrimiento», en fin, el que tiene lugar a través del relato del viajero y del literato romántico, de la Alhambra luminosa, ilustre, musulmana, frente al oscuro, tétrico, católico Escorial...., el «descubrimiento» de la ilustre y musulmana mezquita de Córdoba, frente a su oscura y católica catedral:
«Después de haber estado en Toledo resulta uno muy difícil de contentar, e incluso después de haber visto Córdoba. ¡Esta mezquita! Pero es una pena, una tristeza, una vergüenza lo que han hecho con ella, esas iglesias enmarañadas en la trenza de su interior, dan ganas de pasarle el peine como a los nudos de una hermosa cabellera. Las capillas de oscuridad, puestas allí para digerir suave y constantemente a Dios como jugo de una fruta que se deshace en la boca, han quedado atravesadas en la garganta como bocados excesivos que no se pueden tragar. Aún ahora resulta sencillamente insoportable oír el órgano y el canto de los canónigos en este espacio (qui est comme le moule d'une montagne de Silence). Involuntariamente se podría pensar que el cristianismo encenta a Dios como a una hermosa tarta, pero Alá es grande. Alá está intacto» (Rilke, Carta a la Princesa Marie von Thurn und Taxis, Sevilla, 4 de diciembre de 1912).
Es, en definitiva, este anticatolicismo europeista, que en Rilke, como en muchos otros viajeros, puede resultar meramente estilístico, literario, estético, el que pone al descubierto ese exquisito al-Andalus que, ahora, en un Presente político marcado por la presencia generalizada del yihadismo, el islamismo político quiere «recuperar» devolviendo a la Península a su «lugar natural», pero ya no solamente, que también, de una manera «estética»: y es que el islamismo está dispuesto, desde luego, a «pasar el peine». Es más, ya lo ha pasado...
Porque, en efecto, es este anticatolicismo europeísta, de raíz protestante y de «tallo» afrancesado, el que ha hecho, con su exaltación de las «cosas de Moros» situadas en España, que estas cobren un renovado interés para el moro, poniendo a España, a la nación española en cuanto que «tragedia de al-Andalus», en el punto de mira del actual yihadismo. Es más, insistimos, el yihadismo ya ha disparado...
Todo un Caballo de Troya, en fin, el que nos ha regalado la musa romántica... Veamos.
La «España eterna» de la literatura viajera y romántica del siglo XIX
Los philosophes franceses, Voltaire, Montesquieu{22}... también los alemanes (recordemos el Don Carlos de Schiller o el Egmont de Goethe), por no hablar de Mr. Masson de Movilliers..., prepararon el terreno en este sentido, dibujando a España, la España de finales del dieciocho, como un pueblo ignorante, indolente, reaccionario, supersticioso, intolerante, siendo sobre todo la Iglesia católica la responsable de confinar al pueblo español en esa situación de «minoría de edad», por decirlo al modo kantiano, en la que lo encontraban: la Inquisición representa para el ilustrado, desde luego, el clímax de tal situación por la que España, que es sobre todo la España inquisitorial,{23} quedaba fuera de la «civilizada Europa», haciendo al inquisidor principal responsable, entre otras cosas, de haber expulsado la fuente de riqueza «nacional» (judíos y moriscos), además de haber sido también responsable de impedir el arraigo del protestantismo reformista en España (prácticamente sinónimo para muchos de Ciencia y Libertad modernas), siendo ambos los principales motivos de su decadencia y empobrecimiento ulterior. La perspectiva inglesa respecto a España (Jardine, Twiss, Swinburne, y, sobre todo, Townsend), sin embargo, en general algo más benévola y menos necia (Voltaire decía que ni conocía España ni merecía la pena conocerla{24}), insistía, más bien, en las responsabilidades directamente políticas de esa situación: a partir de la victoria de Carlos I en Villalar contra las Comunidades, el pueblo español queda al albur de la arbitrariedad del poder absoluto de los reyes españoles que, sin un contrapoder (como es el Parlamento inglés) que equilibre o modere el capricho despótico del rey, termina por dejar al pueblo en la indolencia en la que ahora según parece se encuentra.
En todo caso la «religión española», el catolicismo español, con su despliegue iconográfico de santos, cristos y vírgenes tan característico (llama la atención a muchos de estos viajeros el culto mariano de la Semana Santa sevillana), va a ser considerado, tanto desde la perspectiva deísta del ilustrado francés, como desde el puritanismo fundamentalista anglicano ambas en todo caso muy diferentes{25}, como una suerte de paganismo supersticioso y fanático, impropio de un pueblo «civilizado»{26}.
En definitiva, si el diagnóstico ilustrado francés sobre el «enfermo» español se resume en una «mala religión» (fanatismo, superstición), el diagnóstico ilustrado inglés es, sobre todo, el del «mal gobierno» (despotismo, absolutismo). La cuestión, en buena medida, es si realmente había enfermo o fueron, más bien, los diagnósticos los que terminaron por generar un «enfermo imaginario».
Porque, en efecto, con la invasión napoleónica{27} de España, el país resiste e incluso vence al ejército que se tenía como el más poderoso de Europa un ejército, por cierto, cuya «soldadesca» dejó arrasadas muchas partes de España, desde Llanes hasta Almuñecar, siendo necesario, y es que parece que el «enfermo» no estaba tan débil como se presumía, cambiar, por lo menos matizar, esa perspectiva ilustrada de los philosophes, que había claramente subestimado a España como la subestimó, influido por tal perspectiva, el propio Napoleón{28}.
El punto de vista de esos viajeros extranjeros (aunque, desde luego, tampoco todos los que a ello contribuyen son de procedencia extranjera{29}, ni tampoco todos los de procedencia extranjera contribuyen a ello{30}) se transforma, pues, en una perspectiva aparentemente más cordial, menos severa en relación a las cosas de España: es la perspectiva romántica de España (lovely Spain, dice Byron, romantic Land), más cercana al diagnóstico inglés (al fin y al cabo muchos ingleses participaron en la Peninsular War en contra del «impío» Napoleón). El español es un gran pueblo (heroico, guerrillero), sólo que mal gobernado. Pero un gran pueblo cuyo atractivo reside ahora, precisamente, en que se mantiene refractario a las formas desarrolladas de civilización (industrialización, ferrocarril...). Es decir, es la misma perspectiva ilustrada, solo que ahora, en lugar de suscitar sólo desprecio, suscita también simpatía al verse ajena España a esas formas «civilizadas», «europeas» de organización social: es la simpatía, como Tácito por Germania, por lo inferior, por lo rústico, lo exótico, lo pintoresco desconocido y extraño para la «civilizada Europa».
Desde esta perspectiva, desde esa contraimagen «europea», la parte peninsular de la nación española recién «rebelada» contra el francés (parte en el siglo XIX que ahora, en el siglo XXI, insistimos, es toda la nación) será objeto de «visitas» es la institución del Grand tour por parte de numerosos viajeros extranjeros, muchos de ellos literatos ya consagrados (Byron, Gautier, Chateubriand, Merimeé, George Sand, Dumas, Irving...), en cuyos relatos va a quedar configurado, se va a «revelar», un determinado canon de español, complementario que no contrario al juicio ilustrado sobre España, y que después acabará por consagrarse literariamente (consagración a la que contribuyen, por supuesto, muchos españoles: Mesonero Romanos, Estébanez Calderón, Blasco Ibáñez..., o los pintores Fortuny, Madrazo...): así en donde el ilustrado veía crueldad y violencia típica española, el romántico verá autenticidad, indomabilidad (individualismo típico español); en donde despotismo político, fidelidad al rey; en donde duelos y reyertas salvajes, sangre ardiente y apasionada; en donde superstición y «fe de carbonero», apego a las tradiciones; en donde el ilustrado veía celos y «violencia de género» (diríamos hoy), el romántico verá amor apasionado y posesivo; la miseria que veía el ilustrado por todas partes, también la verá el romántico pero como razón de dignidad y orgullo si no de generosidad desapegada; el hambre que veía el ilustrado, será para el romántico austeridad.
Así, si para el ilustrado España había perdido el «tren del Progreso», en razón del «mal gobierno» o de la «mala religión», siempre podría volver a tomarlo si pone remedios en ello, remedios que pasaban desde luego por la «Europa anticatólica» (en este sentido, el texto ilustrado tiene más bien forma de análisis técnico-económico, muy distinto del estilo que cultivará el romántico); sin embargo para el romántico España «es ansí», sin remedio, es la «España eterna», o una de sus versiones, que ha rechazado con arrojo esa forma «europea» de ser, tal es su dignidad y orgullo, aun a costa de vivir en la más absoluta de las miserias. De nuevo el Quijote para el romántico va a ser figura (triste figura) canónica de España en cuanto que en él aparecen mezcladas el arrojo y la miseria típicas de las cosas de España.{31} Se presupone pues en el romántico la «ilustración», pues es el supuesto rechazo a la ilustración lo que hace que España, por su extrañeza y exotismo, resulte ahora atractiva literariamente.
Es así que España se convierte prácticamente en un género literario, elaborado a modo de lecho de Procusto el científico, el abogado o el médico apenas son convocados en tales relatos, con sus temas y estereotipos característicos (Don Juan, Fígaro, Carmen, la dolce far niente...), en el que el español aparece retratado como una especie de «buen salvaje» cuyo primitivismo, pero primitivismo al cabo, suscita ahora simpatía: el tipismo, folklorismo, pintoresquismo desde el que se dibujan los diversos estereotipos de la España decimonónica (guerrillero, gitano, hidalgo, cigarrera, bandido, soldado, torero, mendigo...) convierten a España en una suerte de escenario exótico, tierra de «Sol y sangre»,{32} por el que se despliegan tales personajes según son cultivados por la literatura gótica, la novela histórica o el teatro de capa y espada tan del gusto del romanticismo literario{33}: es, en definitiva, el escenario en que tiene lugar la canonización de Carmen, la cigarrera: un canon que Gautier busca «apasionadamente», al que Merimeé le pondrá vida literaria, Doré rostro y figura y Bizet música, y que, pasado por la filosofía alemana (Herder...), se terminará sustancializando como «Cultura española».
Un canon de español en el que prácticamente, y este es, insistimos, su gran «descubrimiento», todo rasgo suyo tiene un origen africano u oriental{34}, moro o árabe, siendo heredero (diríamos homólogo) de la presencia musulmana en la península, de la «España mora» (siendo su carácter «europeo», en el mejor de los casos, meramente analógico). Carmen tiene mirada oriental, y es esta mirada exótica lo que buscan (y «si lo buscan es por que ya lo habían encontrado») en España los románticos, y lo que van a explotar literariamente hasta la saciedad, siendo prácticamente obligación del español desde este canon «cumplir con el papel exótico que se le ha asignado»{35}. El catolicismo encorseta, sofoca, ese genio oriental que late en España, de tal manera que las relaciones entre los personajes, entre los estereotipos generados por tal literatura, están atravesadas por una «violencia» (también, y casi sobre todo, erótica) latente, contenida, que termina por estallar por algún sitio, arrastrando consigo a los propios personajes que se ven envueltos por estas fatales relaciones, una fatalidad típica oriental. Es este «fondo y raíz oriental», atrapado y constreñido bajo una «forma católica», lo que hace de España el país de «lo imprevisto» (tal como lo definió Ford). Para bien o para mal, pues, en España «el Genio de Oriente se abre paso de todas las maneras posibles», siendo el Oriente ese «lugar natural» suyo del que «violentamente» fue sacada y al que, también «violentamente», tiende a volver.
Es precisamente en los años cuarenta del siglo XIX cuando se publican las obras que más influencia tendrán en la consolidación de este canon, así George Sand{36} (1842), Gautier (1845), la Carmen de Merimeé (1845), el Handbook de Ford (también 1845) y el libro de Borrow (1843), de tal manera que cuando Dumas (padre) aparece en escena ya aparece completamente instalado en el tópico, un tópico que él llevará a su apoteosis con el célebre lema «África empieza en los Pirineos». Un tópico que, desde luego, no sólo será recreado literariamente, sino que se extenderá a las demás artes, para empezar a la pintura (J. Cabanah Murphy, J. F. Lewis, E. H. Locker, el propio Delacroix y por supuesto Doré... que ilustraban los libros de esos «viajeros»{37}), pero también a la música: los grandes compositores del XIX practicarán el «tema español» (desde Beethoven, pasando por Liszt, hasta, por supuesto Chopin, Rossini o Bizet) teniendo siempre a la vista tal canon.
Un tópico que, en cuanto el romanticismo quede demodé, se seguirá cultivando sobre sus componentes más negros, reforzados con la ideología criolla independentista que acompaña a los procesos de emancipación de las nuevas naciones americanas (Sarmiento,...) y, sobre todo, con la propaganda bélica norteamericana cuando EEUU se enfrente a España al final del siglo en el Caribe y en el Pacífico (nada menos que Hearst «ciudadano Kane» y Pulitzer ganarán su fama con su propaganda antiespañola).
Es en este contexto en el que España se consagra como España inquisitorial, una imagen cultivada sobre todo en las artes con la aparición del cine se extenderá tal canon a los cuatro vientos, pero también, desde luego, por determinada historiografía. Se propaga así, sobre estas nuevas bases, lo que Juderías ha llamado a principios del siglo pasado, tras el «desastre del 98» y en plena resaca de los sucesos de la «Semana Trágica» y del «caso Ferrer»{38}, la «leyenda negra antiespañola»{39}. Una «leyenda», desarrollada con la práctica de lo que Gustavo Bueno ha llamado «metodología negra», bien presente en buena parte de la historiografía{40}, y desde la que se considera a España como la representante máxima del peor de los males políticos: la tiranía; así torquemadas, felipes segundos, duques de alba... son los personajes que llenarán, saturarán la Historia de España, personajes tétricos, crueles, sanguinarios... que bastará nombrarlos para saber de qué se está hablando{41}. Es esta imagen de España pues, la España reaccionaria, clerical, indolente, caciquil y «casposa», la que, asociada a la España imperial y nacional, será cultivada por muchos otros viajeros y literatos extendiéndose «como el bostezo», sobre todo a través de Francia, por toda Europa{42} y Norteamérica. Una contraimagen de la España imperial y nacional que hará que, por contraste, la «España mora» parezca «de oro» frente a la ulterior «España católica».
En este contexto, y a estas alturas, podemos observar cómo, a través de los relatos de viajes elaborados por visitantes orientales de filiación árabe-islámica, el «alma mora» ya estaba sufriendo una gran transformación en relación a esas «Huáje del Mselmen» situadas en España. Sobre todo a partir del último cuarto del siglo XIX, los embajadores, plenipotenciarios o enviados a la corte de España procedentes del ámbito musulmán, algunos de ellos también literatos consagrados, coinciden con los «europeos» en sus impresiones sobre España, plasmadas en la narración clásica conocida como rihla{43}: la Iglesia católica y el fanatismo religioso, suponen estos «exquisitos» visitantes, han contribuido definitivamente a promover la situación de precariedad y estancamiento en la que supuestamente se encuentra España. De nuevo, repiten, frente a las excelencias del al-Andalus, el fanatismo, la crueldad, la desorganización administrativa, la corrupción política es la impronta dejada en la Península por la «España inquisitorial». Ahmad al-Kardudi, Ali al-Wardani, Ahmad Zaki, Muhammad Farid... chapotean y repiten el canon europeísta sobre España, siempre viendo en los caracteres positivos que de él se pudieran destacar, una herencia de la «España mora»{44}.
Las «cosas de los Moros» puestas al servicio de empresas políticas españolas desde la Restauración
Sin embargo, es precisamente esa España nacional, esa España que a ojos del «europeo» es prácticamente África, es esa atrasada, miserable, desgraciada y sangrienta España (parafraseando de nuevo a Ford) resultado de la España inquisitorial, la que, entre otras cosas, produce, por lo menos en parte, la ciencia histórica que descubre al-Andalus. Esta es la paradoja. La ciencia histórica arqueológica, filológica, paleográfica,... sobre al-Andalus, el real, no la literaria «España mora», es una empresa, por lo menos en parte insistimos, nacional española por ejemplo, las excavaciones que descubren Medina Azahara están dirigidas por un español con presupuesto español y, sin embargo esta empresa, como otras, no son «descritas» por esos viajeros románticos: entre el bandolero, la cigarrera, el cura, el gitano...., entre guitarras y trabucos, mantillas y peinetas, fiesta y siesta... rara vez ven estos literatos «europeos» al científico, al filólogo, al arqueólogo o al historiador español trabajar, entre otras cosas, sobre al-Andalus (ni siquiera ven a sus literatos homólogos{45}).
Un al-Andalus en cualquier caso que, desde la segunda mitad del XIX, es puesto al servicio de la política nacional española, tratando de sacarle rendimiento en el contexto del «concierto internacional» a eso de que «África empieza en los Pirineos». Dicho rápidamente, esa supuesta «raíz africana u oriental» de España es dispuesta, por iniciativa más bien de la derecha política, en favor de la política nacional española fundamentalmente en tres frentes:
En primer lugar el «mito andalusí» es canalizado, con la declaración de guerra a Marruecos en 1859, a través de la política africanista española, desde la que se pretende que España no se quede al margen de la carrera colonial emprendida por otras naciones europeas. Una política que, movilizando ideológicamente esa supuesta «comunidad de origen» entre España y el Magreb, va a tratar de imponerse sobre todo a Francia, que mantiene el mismo interés colonial sobre el norte de África. Esta política africanista, ya reclamada por Donoso Cortés, pero impulsada decisivamente, entre otros{46}, por Cánovas, por Joaquín Costa y por Sánchez de Toca, se lleva a cabo efectivamente desde una España que, hacia 1883-1884 , alcanza un PIB, en relación a otras naciones europeas, de proporciones similares al que tiene en la actualidad en relación a esas mismas naciones (según estudios de Jordi Nadal). Esto lo decimos, aunque no vamos a entrar en ello a fondo, porque esa España «atrasada», «miserable»..., según la describe el anticatolicismo «europeo», tuvo suficiente «pulso» como para, por lo menos, llevar a cabo, con todas las dificultades que se quiera, la empresa africanista{47}, imponiéndose a veces a las planes impulsados por Francia en este sentido. Pero, con los sucesos de la «Semana trágica» y, sobre todo con el «desastre del Annual»{48}, van a crecer los partidarios del abandonismo,{49} quedando la política africanista prácticamente sin apoyos. Sin embargo, tras la rendición de Abdelkrim y tras las reformas llevadas a cabo la llamada «pacificación» en el Protectorado bajo Primo de Rivera, aún tal política va tener un papel fundamental, tal y como se desenvuelven los acontecimientos durante la Segunda República: y es que el ejército vencedor de la Guerra Civil procede, como es sabido, del Protectorado marroquí.{50}
Por otra parte y en segundo lugar, el «mito andalusí» es canalizado también a través de la empresa turística española, que, con algunos antecedentes decimonónicos, es definitivamente impulsada por el tardo-franquismo: es el Spain is diferent de Fraga. Una empresa que va a explotar, como decorado exótico atractivo para el turista noreuropeo y norteamericano, el canon romántico de España el sol y la sangre, siendo, como hemos visto, la «España mora» uno de sus componentes esenciales.
Finalmente, en tercer lugar, el mito andalusí es explotado, desde Blas Infante en adelante, en función de los intereses autonomistas de la parte andaluza de la nación española, basando el «hecho diferencial» andaluz fundamentalmente en la presencia musulmana en la Península (con la reivindicación del «aljamiado» como lengua cooficial de Andalucía, y cosas por el estilo).
La cuestión es que, cuando el programa africanista español concluye, tras recibir de Hassan II su estocada final («Marcha Verde» sobre el Sáhara Español), y estando Franco moribundo, la política llevada a cabo durante la «Transición» mantiene, y aún potencia, la canalización del canon romántico de español a través de la empresa turística, situándose España entre las primeras potencias mundiales (segunda o tercera) en este sentido. Pero además, con la implantación del Estado de las Autonomías, el «mito andalusí» va a recibir un gran impulso por parte de la empresa autonomista andalucista, hasta el punto de llegar a confundirse Andalucía con al-Andalus (una confusión que, en todo caso, a largo plazo no conviene al islamismo político).
De esta forma, con la Transición de la dictadura a la «democracia coronada», el «mito andalusí» sigue siendo cultivado con mayor vigor que nunca, al ser canalizado a través de ambos frentes confluyentes, de tal manera que, en el último cuarto del s. XX, España aparece anegada de rutas turísticas en las que ese pasado oriental, andalusí, musulmán, es constantemente exaltado, prestigiado, frente a la ulterior constitución imperial y nacional de la España católica. En cualquier guía turística, en muchas de las iniciativas impulsadas por la Junta de Andalucía..., aparece invariablemente, en cualquier rincón, detrás de cualquier esquina, la luminosa, tolerante y literaria al-Andalus contrastada con la oscura, atrasada e intolerante España imperial y nacional.
Es más, durante la Transición, y a través de la influencia de movimientos etnologistas{51}, muy activos durante este período (estructuralismo francés, por no hablar de la hermeneútica y el «pensamiento débil», en los que aparece toda la metafísica de la sustancialización de «el Otro» y de la «Diferencia»), sobre todo entre las corrientes de izquierdas, el al-Andalus pasa a convertirse, desde aquella romántica «España mora», en una sociedad ideal pero en cuanto que«armónica», «multicultural»: es el mito de «las tres culturas» conviviendo en la península durante el período medieval{52} el que ahora, generalizado a través de la confluencia de ambos frentes, el turístico y el autonómico, envuelve como una aureola esos restos, esas reliquias andalusíes convertidas, no ya solo para el moro, sino también para el español mismo, en «legado andalusí». Lo asombroso, pues, de la situación actual, aunque a estas alturas sería asombroso asombrarse, es que, ya no solamente el moro, sino también el español muchos españoles mira hacia tales restos la Alhambra, la «mezquita» de Córdoba... con cierta indignación y nostalgia ante semejante pérdida la pérdida de la «armonía de las tres culturas», representando el al-Andalus, desde muchas instituciones turísticas, administrativas, pero también educativas y culturales, la edad dorada del «respeto al Otro»: una convivencia armónica que concluye, por supuesto, con el «fanatismo católico» de la Reconquista; una convivencia, en definitiva, que se mantuvo mientras la Península fue islámica, y que concluyó con la constitución imperial y después nacional de España.
La «España andalusí»: el mito de «las tres culturas» como idea aureolar y su canalización yihadista
Y es que, en efecto, la transformación ha sido tal, y no solo para el «alma mora», que el español, o muchos españoles, se reconocen mejor como herederos, a través del «legado andalusí», de los abderramanes califales o de los boabdiles nazaríes musulmanes que como herederos de los reyes católicos.{53} Digamos que en España ha cuajado la idea en partidos políticos, prensa, literatura, cine, instituciones culturales, turísticas... buena parte de la historiografía... ¿en la propia «Casa Real»?... según la cual el catolicismo de los reyes españoles ha arrojado fuera de la Península a una «civilización» cuyas características, tal como son estas relatadas según esa idea, engranan mejor con los «valores» propios de una «democracia avanzada», en la que se ha transformado España con la «Transición democrática», que con los «valores» de la Reconquista que fundamentan la identidad católica de España, unos «valores» los de la Reconquista considerados más bien como «disvalores», con los que se identificó el franquismo (el nacionalcatolicismo), y que han terminado por expulsar de la Península a semejante «civilización andalusí» y con ella aquellos «valores», los del multiculturalismo, a ella se supone asociados: en particular, sobre todo, el «valor» de la «tolerancia», practicada, según se dice, en esa «civilización andalusí», fue capaz de generar una sociedad armónica en la que, por imperar en ella el «diálogo de civilizaciones», se mantuvieron en equilibrio las «tres culturas» peninsulares (judía, musulmana y cristiana). Y se mantuvo tal armonía hasta que, precisamente con el empuje cristiano hacia el sur, iniciado con la monarquía asturiana, tal equilibrio termina por romperse, por descompensarse. Un desequilibrio pues, el generado con el empuje cristiano, que se consagra, tras la expulsión de los judíos y la toma de Granada, con el gobierno de los «reyes de la intolerancia», con los Reyes Católicos, cuya figura fue también reclamada por el nacionalcatolicismo franquista, y que termina con aquella armonía preestablecida en la Península por la «civilización andalusí»{54}. Digamos que, según esa «idea» (producto más de la «sensibilidad», de la fantasía, que de la «Razón», por decirlo al modo kantiano), la identidad musulmana de la Península ha generado una unidad armónica en ella que engrana mejor con la «identidad democrática» española, adquirida con la Transición tras «negar» el franquismo, que con la identidad católica de la Reconquista, adquirida tras «negar» el Islam peninsular: según esta «idea», pues, va siendo hora, «en pleno siglo XXI» (¿?), y con la «Transición democrática» que lo posibilita, de que sea restaurado ese «equilibrio sostenido», esa «armonía entre las tres culturas» que se supone caracterizó al al-Andalus; es hora, en definitiva, sobre todo cuando España se ha convertido en una «tierra de acogida», de «recuperar» esa «unidad armónica» rota por la «identidad católica» de España. Es hora de devolver a España su «identidad andalusí» perdida{55}: así Toledo, Córdoba, Murcia, Granada... son consideradas, desde muchas instituciones{56} como «ciudades de las tres culturas» (incluso desde determinadas instancias se reivindica su cambio de nombre a favor de su nombre andalusí: «Qurtuba» por Córdoba{57}, «Garnata» por Granada...), de tal manera que se trata, desde esta consideración, de «devolver» a tales ciudades su antiguo supuesto esplendor bajo su «identidad andalusí», tras siglos de, igualmente supuesto, «fanatismo oscurantista» (católico). Se quiere cerrar así el «paréntesis católico» que sumió a la Península en esa total oscuridad, y entroncar, tras una suerte de «negación de la negación», con la «civilización andalusí», esa realidad «viva» (aureolar) reclamada («Museo Vivo de al-Andalus», «Biblioteca Viva de al-Andalus»{58}) que, siquiera crípticamente (a través de lo que Blanco White, y con él Goytisolo, ha llamado «excepciones geniales»: Delicado, Cervantes, Mateo Alemán, Góngora... cuya literatura se explica abusivamente por el origen converso, en algunos casos no probado, de sus autores{59}), mantuvo la llama de la ilustración y de la civilización en la Península, una llama alimentada, por descontado, por el «legado andalusí».
A través pues de la confluencia de ambos frentes, el turístico y el autonómico, se ha consolidado, sobre todo, aunque no sólo, entre los partidos autodenominados «de izquierda», la idea aureolar de la «armonía de las tres culturas», constantemente realimentada por el europeísmo anticatólico del que, además, continúa impregnada buena parte de la literatura contemporánea (por supuesto Goytisolo, pero también Antonio Gala, Caballero Bonald, Juan Benet{60}..., por no hablar del género de novela histórica{61}, del cine o de la canción), y que continúa abonando, en proporción directa a la práctica de la «metodología negra» relativa a la España imperial y nacional, la leyenda de la romántica «España mora»: es el Oriente, de nuevo, el «lugar natural» que a la Península corresponde{62}, un lugar, el ameno al-Andalus musulmán, que ha producido verdaderas filigranas y que ha sido violentamente expulsado por el catolicismo «excluyente».
Pues bien, este «al-Andalus», España vista como la «tragedia de al-Andalus», es el que ahora forma parte del plan político islamista dirigido a la islamización del «mundo», un plan cuyo programa no es precisamente el de mantener la, por otra parte legendaria, «armonía entre las tres culturas», sino más bien el de propagar la sharia,{63} la ley islámica, allí donde se pueda, sirviendo el «mito de al-Andalus» de ocasión, como ideología mitemática, como idea aureolar ligada a muchas instituciones españolas (turísticas, autonómicas, parlamentarias...), para llevar a efecto semejante plan: esas «Huáje del Mselmen», prestigiadas y exaltadas por el europeísmo anticatólico, son canalizadas ahora en favor del programa yihadista contando, para su desarrollo, con la total complicidad de tal ideología mitemática infiltrada y defendida desde múltiples instituciones españolas, representando esto, dada la situación actual de España, una amenaza en toda regla para la nación española (lejos estamos de las circunstancias decimonónicas en las que tales «cosas de Moros» eran puestas al servicio de la nación española).
De hecho, ese plan yihadista ya se está desarrollando, consiguiendo, de momento, en relación a España, que un gobierno, el anterior gobierno español, que plantó cara a semejante plan, haya sido derribado en la urnas con la complicidad de la entonces oposición y de buena parte del «electorado español» que, como el yihadismo, también procuraron, según fueron planteadas las cosas, cerrar el «paréntesis católico». Y es que fue cultivando esta ideología mitemática, fue abundando en el fantástico contraste entre la «civilización andalusí de las tres culturas» y la «España imperial y nacional fanática y xenófoba», como se montó la oposición al gobierno de Aznar desde la izquierda socialdemócrata parlamentaria y sus «socios» secesionistas actualmente en el gobierno, dibujando ad hoc al gobierno del PP como una «recaída» en la «España católica», como una «vuelta», un «retroceso» hacia el «nacionalcatolicismo» (así se interpreta el período del gobierno de Aznar desde esa idea aureolar{64} y es que así se concibe, indistintamente, toda posición que no«comulgue» con tal idea aureolar). Una estrategia electoral, la de la izquierda parlamentaria, que va a suponer, como veremos, toda una «invitación» para que la estrategia yihadista «pase el peine de Rilke» por España a tres días de una Elecciones Generales, propiciando que, con la complicidad de parte del electorado español temerosa de que «el peine» vuelva a pasar, la izquierda parlamentaria, con sus «socios» secesionistas, se haga con el gobierno de España.
3. La izquierda indefinida fundamentalista gobernante divagando por las «cosas de los Moros» aureoladas y su complicidad con el islamismo político.
Y es que sobre todo, insistimos, entre los partidos de la izquierda parlamentaria, antes socialdemócrata (PSOE) y comunista (PCE), se ha implantado, durante la Transición (si no antes), ese multiculturalismo que ha provocado que tales partidos terminen derivando hacia posiciones de izquierda fundamentalista{65} en las que ahora se encuentran: precisamente al renegar, a través de la leyenda negra, de la nación española (que otras generaciones de izquierda contribuyeron decisivamente a constituir), se va despertando desde estos partidos, con semejante derivación, además de una gran «sensibilidad» por los movimientos secesionistas («respeto por las identidades culturales»: la «España plural» frente al «Estado español opresor»{66}), una no menor «sensibilidad» hacia la «civilización andalusí» entendida siempre como sociedad tolerante y armónica. Así, frente a la «intolerante» nación española, aparece la izquierda española divagando en torno a esas «cosas de moros» como partes formales de una sociedad armónica que hay que restaurar, llegando incluso a la extravagancia de considerar al Islam, responsable de semejante armonía social, como corriente «de izquierdas»{67}, como una «cultura», entre otras (la «cultura vasca», la «catalana», la «gallega»), «oprimida y vejada» por el «Estado español»{68}: una «sensibilidad» hacia la «civilización andalusí» procedente de los partidos «de izquierda» que se extiende así hacia el Islam mismo que se supone la generó (de hecho muchos de los conversos al Islam que existen hoy en España proceden de las filas comunistas y, sobre todo, troskistas). Una izquierda en la que, además, ha cuajado la propaganda jomeinista en la que se dibuja al musulmán, indistintamente, como el «oprimido», como el «desheredado», el «proletario», en una palabra que, en el contexto iraní de revolución contra el sha, aún tiene algún sentido, pero que a nivel «universal» no tiene ninguno{69}, y por tanto «camarada» en la lucha de clases universal{70}. Un musulmán «oprimido» que, en su «desesperación», es capaz incluso de inmolarse contra el opresor «etnocentrista», hasta tal punto llega su «conciencia de clase».
En fin, cuaja perfectamente entre la izquierda fundamentalista el palestinismo que Irán promovió en el Oriente Próximo para hacer frente a Israel: la piedra contra el tanke, David contra Goliat,... son este tipo de imágenes, de intuiciones, de iconos, que no conceptos, los que llenan las cabezas de los militantes y dirigentes, por no hablar de los votantes, de «la izquierda» española y, en general europea{71}, viendo sin solución de continuidad, en el morisco del XVI e incluso, en el granadino del XV a ese palestino «desesperado» ante la «violencia» y «opresión» ejercidas por la lombarda de los Reyes Católicos, por el tanke del sionismo «islamófobo». Son este tipo de imágenes retóricas (exentas completamente de dialéctica) las que alimentan la famosa «sensibilidad» de «la izquierda» por el «musulmán» que se supone siempre «oprimido».
Pues bien, es esta, sin duda, la «sensibilidad» de la que presume constantemente el actual Presidente del gobierno de España, Rodríguez Zapatero, según ese panfilismo{72} poético tan característico que practican él y su Ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Angel Moratinos{73}, y que se resuelve, ya que fue esta «sensibilidad» la que le dio el gobierno, poniendo efectivamente al «legado andalusí», como idea aureolar, al frente de la política exterior española{74}. El «legado andalusí» representa, en efecto, esa «armonía», ese «diálogo de civilizaciones» que hay que «restaurar» y promover, es este legado en nombre del cual no se puede participar en «guerras ilegales», es el legado que obliga a la «retirada de las tropas de Irak», el legado, en suma, y por decirlo en cuatro palabras, del «No a la Guerra» que puso en el gobierno a ZP (incluso «El Quijote» es «reivindicado» desde esta perspectiva aureolar, desde esa «armonía entre culturas» que defiende la «Cultura contra la Guerra»{75}).
Esta es la «idea» de España, por lo visto, «presentable» en «Europa» y en «el mundo»: la «nueva España», la «España plural» que recibe población inmigrante (buena parte de ella población musulmana, marroquí, en la que la izquierda fundamentalista busca su voto), y que no puede, en tanto que «déficit» respecto a tal «armonía», celebrar ni conmemorar la muerte de Isabel la Católica, mucho menos promover su «canonización», que no puede celebrar el 2 de enero la «toma de Granada», que no puede hablar del «Manco de Lepanto» o el «cautivo de Árgel», es la «nueva España» que tiene que retirar el «Santiago Matamoros» de la catedral de Santiago, o las cabezas cortadas de moro del escudo de Aragón: en definitiva es la España que se constituye como parte, por utilizar la expresión de Fallaci, de «Eurabia», renegando de la plataforma, esto es, el Imperio formado bajo el ortograma dirigido al «recubrimiento del Islam», y sobre el cual España se constituye como nación política a partir de 1808. Es la «nueva España» desde la cual, tanto el Imperio como la nación española, como pars pudenda de la historia de España, se ponen entre paréntesis, como si fueran un «sueño dogmático» del que es necesario despertar a pesar de alguna recaída: el gobierno de Aznar como condición de posibilidad de convergencia con «Europa» (la «paz perpetua», según ZP), entroncando así directamente con la «civilizada y tolerante» al-Andalus en tanto que, se supone, antecedente «armónico» y «pacífico» de esa«nueva España» multicultural.
Es la «nueva España», en fin, que reniega de España y en la que la nación española, de la mano del gobierno socialista, se disuelve frente al «legado andalusí», en que la nación española se disuelve en la «España plurinacional».
Y es que fue, en efecto, esta «idea de España» o mejor esta «idea de su disolución» (ZP ha afirmado recientemente que el concepto de «soberanía nacional» ha quedado «obsoleto» en favor de conceptos políticos más «flexibles» [¿?]) la que, potenciada por la izquierda parlamentaria mientras se mantuvo en la oposición, venció, con la complicidad de la intervención yihadista tres días antes, en las Elecciones Generales del 14 de Marzo del año pasado, al ser presentada al electorado español como disyuntiva frente a la «España inquisitorial», frente al «nacionalcatolicismo» representado, se supone, por la derecha parlamentaria en el gobierno{76}. La izquierda fundamentalista dibujó, caricaturizó, cultivando ese anticatolicismo europeísta y maurófilo institucionalmente muy arraigado en España (según hemos expuesto), a la «España de la Azores» como una España agresora, como una España que injustamente había golpeado al «moro oprimido», como la España en fin, la representada por el gobierno de Aznar, heredera de la «España inquisitorial», de la España «antidemocrática» («sin derechos», según manifestó recientemente ZP) que arrojó fuera de la Península a la luminosa y civilizada al-Andalus y que se mostraba, ahora, en complicidad con el imperialismo yankee, «insensible» hacia el «musulmán oprimido».
En efecto, fue la influencia sobre buena parte del electorado español de esta sensibilidad hacia el «moro oprimido» -«causa justa» del terrorismo islamista-, realimentada constantemente por el «mito de al-Andalus frente a España», lo que hizo que en las Elecciones Generales del 14 de Marzo del 2004, se produjese un «vuelco electoral» a favor de los intereses del islamismo político, poniendo en el gobierno de España a un partido que potenció, aprovechando una situación muy concreta, todo lo que pudo esa «sensibilidad» para sacar a la derecha del gobierno: fue esto lo que ha llevado a ZP a la presidencia del gobierno sacando a España de las Azores, sí, pero para dejarla en Babia.
4. El 11M: España, de las Azores a Babia
Y es que un electorado que viaja por España siguiendo la «Ruta del Califato», o la «Ruta de Washington Irving»..., que lee las novelas de Antonio Gala, de Goytisolo..., que se ha «instruido», en la escuela, con la Leyenda Negra sobre el Imperio y la nación española..., por no hablar de la «instrucción» del cine y la televisión en este sentido... , un electorado como es buena parte del español, en fin, que «descubre» a cada paso la «luminosidad y prosperidad» de la «civilización andalusí» en contraste con el «fanatismo belicoso» con el que se construyó España, es un electorado muy propicio para que cale tal maniquea y mitológica sensibilidad. Poco hizo, hay que decir, el Partido Popular por combatir esta «mitología» oscurantista. Una «mitología» que, sin embargo, explotada por la izquierda fundamentalista parlamentaria mientras se mantuvo en la oposición, ha logrado, con la complicidad de la intervención yihadista, dejar e España en Babia durante un año de gobierno de ZP.
Veamos pormenorizadamente cómo se desarrolla esta complicidad entre yihadismo e izquierda fundamentalista, verdadero «agujero negro» del 11M.
El 11S y la «tragedia de al-Andalus»
El yihadismo, elemento constitutivo del islamismo político, es un fenómeno político relativamente reciente tal como viene constituyéndose en el Presente político. Con algunos antecedentes en el siglo XIX (Dozy describe en Historia de los musulmanes en España el incipiente y todavía marginal wahabbismo), se desata sobre todo con la bajamar imperial producida tras los procesos de descolonización que tienen lugar después de las guerras mundiales. Con la caída del Imperio Turco (tras la derrota del Turco en la Primera Guerra mundial nace la «nación turca» de la mano de Ataturk, siendo abolido el sultanato en 1924) el islamismo político se queda sin referente imperial, lo que provoca la proliferación de grupos (los Hermanos Musulmanes) y de «intelectuales» clericales (Sayyib Qotb, Alí Shari'ati...) que procuran la reislamización de los propios países musulmanes que, con los procesos de «nacionalización», además de dividir a la Umma islámica (o comunidad de fieles musulmanes), se estaban «occidentalizando» o «sovietizando», desviando, en una palabra «del sentimiento islámico de la vida» (los cinco pilares...){77}.
Con la fundación del Estado de Israel aparece la «Causa palestina» que encrespa, y de ninguna manera desata como muchos «izquierdistas» quieren ver, todavía más la oleada islamista{78}, siendo aún, por lo menos en algunos momentos, impulsada, durante el período de «Guerra Fría», tanto por EEUU (Arabia Saudí, Irak...) como por la URSS (Irán, Egipto...) en su enfrentamiento mutuo.
Sea como fuera (no podemos ahora desarrollar este asunto pormenorizadamente) se produce una islamización del nacionalismo de los países musulmanes, completamente refractaria al proceso lógico de holización, que hace fracasar, de uno u otro modo, todo intento de nacionalización de los países musulmanes (ya fuera nacionalización soviética o liberal-«democrática»){79}.
Con la caída de la Unión Soviética y de Yugoslavia, proceso determinante de nuestro Presente político{80}, esta islamización, relativamente neutralizada hasta ese momento por el comunismo «realmente existente» en las regiones de su influencia, no hace más que incrementarse todavía más, encontrando nuevos frentes a favor de la «Causa» islamista (Bosnia, Chechenia).
De este modo tiene lugar una proliferación extraordinaria de grupos parapolíticos, que aunque no son Estado, sí están vinculados al Estado, a determinados Estados (Arabia Saudí e Irán, particularmente) desde los que, sobre todo con la aparición del petrodólar, se forma (universidades, madrasas...) y se subvenciona el yihadismo que actúa internacionalmente en virtud de determinados intereses políticos (bien internos a cada Estado, bien como mediación de las relaciones entre estados). El yihadismo parapolítico generalizado globalmente adquiere así, apoyado y subvencionado por tales Estados, una potencia sin precedentes, con unos dirigentes que, pertenecientes a la alta sociedad de los países islámicos (la mayor parte de ellos con formación universitaria), poseen gran capacidad financiera y logística para desarrollar sus actividades.
La cuestión es que el 11 de Septiembre de 2001 el «corazón (financiero, gubernamental y militar) del Imperio» es atacado por Al-Qaeda, una red de grupúsculos islamistas cuya cúpula tiene su refugio en las montañas de Afganistán, al amparo del régimen de los talibanes (con el Mulá Omar a la cabeza). Casi un mes después, el 7 de Octubre del 2001, EEUU responde con la invasión de Afganistán, derribando el régimen de los talibanes, y yendo a la «caza y captura» del líder de la red islamista AlQaeda, el saudí Osama Bin Laden.
Pues bien, ese día, el 7 de octubre (aniversario, por cierto, de la batalla de Lepanto), en un comunicado retransmitido por la televisión Al Yasira, y que escucha medio mundo, Bin Laden sostiene que fue el brazo ejecutor de Alá el que propinó a «América» ese golpe, en compensación por el sufrimiento incomparablemente mayor padecido por la «nación» islámica{81}. De este modo Bin Laden amenaza con seguir haciendo la yihad a «Occidente», en general, pero apuntando directamente y en particular a dos objetivos: Israel, que representa la «tragedia de Palestina» y España, que representa la «tragedia de al-Andalus».
Israel y España, únicos territorios, junto a los Balcanes, en los que, frente al «kafre», frente al «bárbaro infiel», el Islam perdió terreno desde su expansión a partir del 622. El «11» parece la cifra clave, y es que el «11» representa la superación de las Tablas de la ley mosaica y de los 10 Mandamientos cristianos{82}. El «11» representa la superación, la superioridad de Mahoma frente a Moisés y Cristo{83}.
Así sin todavía involucrarse España en la Segunda Guerra de Irak, España, en tanto que «tragedia de al-Andalus», es amenazada por el yihadismo directamente, no ya sólo como parte del «Occidente infiel».
¿Qué hacer ante semejante amenaza?, ¿qué hizo el gobierno español ante esta amenaza que escuchó medio mundo y que, seguramente, despertó a múltiples «células durmientes» dirigidas a cumplirla?
En efecto este comunicado representó, y sigue representando, toda una amenaza para la nación española, no tanto porque, por lo menos a corto y medio plazo, exista riesgo de la implantación en España de la sharia, es decir no tanto porque haya un riesgo real, a medio plazo, insistimos, de que el programa islamista se cumpla en España, sino porque, además del riesgo de sufrir atentados (matanzas de «infieles»), sí existe el riesgo de que la soberanía española se vea mermada, bien en favor del secesionismo fraccionario español (por el que España, sencillamente, desaparecería){84}, bien en favor de Marruecos (potencia francófona y francófila) en virtud de las reivindicaciones que tal país mantiene sobre Ceuta y Melilla.
Y es que en España existe una numerosa población islámica en la que el islamismo puede arraigar con facilidad, de hecho ha arraigado, ejerciendo así con sus actividades presión en favor de la reivindicación marroquí de las dos «Ciudades Autónomas» o en favor de los intereses (de todo tipo) de esa población islámica establecida en España: en España existían en el 2000 unos 300.000 musulmanes{85}, el 86% de los cuales son de procedencia marroquí. Ahora mismo, con el incremento del tráfico ilegal, la cifra de población musulmana en España oscila en aumento creciente sin conocerse exactamente las cifras (más de 500.000){86}, y que, si bien (seguramente) es menor que en otros países europeos, su continua oscilación, además de su incremento por oleadas, hace que el control sobre la misma sea menor que en otros países, y el riesgo de la implantación en ella del yihadismo sea mayor. Una población en la que además, como en buena parte de la población española, el prestigio de al-Andalus está muy arraigado (cosa que tampoco ocurre, obviamente, en otros países europeos), sobre todo porque cuando llegan a España, las asociaciones y «federaciones» musulmanas que los reciben prestigian constantemente la «España musulmana» frente a la España nacional «trinitaria e infiel»{87}.
En esta situación las palabras de Bin Laden, tras el 11S, representan todo un pistoletazo de salida de la práctica de la yihad en favor de los intereses de estos grupos{88} y en favor de la política de Marruecos en tanto que punta de lanza del islamismo político frente a España.
Tan sólo recordemos que el 27 del mismo octubre de 2001, veinte días después del comunicado de Bin Laden, el gobierno marroquí retira a su embajador en Madrid y, de nuevo un 11 (de julio de 2002), Marruecos invade el islote de Perejil, todo ello en un contexto en el que España y Marruecos rompen los acuerdos sobre pesca, se continúa sin resolver el «contencioso» del Sáhara Occidental y se mantiene un tráfico de pateras de intensidad creciente, y sin control por parte de las autoridades marroquíes, entre Marruecos y España.
Pues bien, repetimos, después del 11S, ¿qué hacer ante semejante amenaza?, ¿qué hizo el gobierno español ante esta amenaza que escuchó medio mundo? ¿Qué hacer desde una nación española completamente horadada por el prestigio del al-Andalus musulmán y por la leyenda negra anti-española{89}?
España en las Azores
La respuesta del gobierno de Aznar fue comprometerse con el gobierno Norteamericano en la «lucha antiterrorista», compromiso que parece no tener objeción, en un principio, por parte del principal partido español de la oposición, cuando, el 7 de Octubre del 2001, tiene lugar la ofensiva estadounidense sobre Afganistán. Un apoyo recíproco entre España y EEUU (a España, tras recibir una amenaza directa, le conviene tal cooperación con la primera potencia mundial que responde a la agresión) que se desarrolla a través de lo que se ha dado en llamar «vínculo trasatlántico» o «atlantismo» reforzado además, según argumentaba Aznar, por la comunidad de pertenencia de España y EEUU al bloque hispanohablante{90}.
Sin embargo, cuando el 27 de octubre de ese mismo mes, Marruecos «llama a consultas» a su embajador de España, el principal partido de la oposición, con Zapatero a la cabeza, organiza poco tiempo después, al margen del gobierno, una visita de ZP al Reino de Mohamed VI, en la que, entre otras cosas, Zapatero se deja fotografiar al lado de un mapa del «Gran Marruecos», en el que, además del antiguo Sáhara español, Ceuta y Melilla son contempladas como marroquíes.
En todo caso tras la ocupación por Marruecos del islote Perejil, Rodríguez Zapatero (aunque no tanto ya El País, la SER y otros medios afines al PSOE) apoya, tímidamente eso sí, la operación militar de desalojo de la isla Perejil{91}.
Es sobre todo, como todo el mundo sabe, con la anunciada intervención armada en Irak por parte del gobierno de los Estados Unidos, ante el reiterado incumplimiento de las resoluciones de la ONU por parte del gobierno de Sadam Husein en relación a su desarme, cuando toda la oposición parlamentaria, formada por el secesionismo y por la izquierda fundamentalista, se sitúa en contra del gobierno español si este mantiene su cooperación con el gobierno estadounidense. En un principio ZP se opone a que el gobierno apoye una intervención armada aunque exista resolución del Consejo de Seguridad en este sentido (en sus términos, se opondría, por «injusta», a tal intervención, aunque fuese «legal»), resolución que, aunque ambigua, ya existía (la 1441) según la interpretación del gobierno norteamericano. Después, al ver que Francia, incumpliendo la resolución 1441 (que de ninguna manera, aún en su ambigüedad, se dejaba interpretar según la traducción francesa), se niega también a la intervención militar (luego lo harán igualmente China y Rusia), y sabiendo que en estas condiciones (por mediación del «derecho a veto» de los miembros permanentes del Consejo) no puede salir resolución alguna alternativa (ni favorable ni desfavorable a la intervención militar), ZP cambia de parecer y se opone a que el gobierno secunde tal intervención armada mientras no haya una resolución de la ONU que resuelva la ambigüedad de la 1441 (es decir, en sus términos, se opone «por ser ilegal» además de «injusta») y que apoye inequívocamente la intervención armada (una resolución que, insistimos, era imposible que tuviese lugar al no haber acuerdo entre los miembros permanentes: Francia amenazó con vetar toda resolución que no significase dar «más tiempo» para el desarme de Irak, cosa claramente contraria a la resolución 1441){92}.
Pues bien, tras los compromisos finalmente adquiridos en el Consejo de Seguridad de la ONU por el gobierno de Aznar, compromisos que se resuelven en la reunión de la «cumbre de las Azores» con la invasión de Irak al, efectivamente, no haber resolución alternativa a la 1441, la izquierda fundamentalista española, trata de comprometer, y lo hace, a la «derecha»{93} española gobernante, con esa España inquisitorial negrolegendaria: ZP, con objeto de ganar las siguientes elecciones, ve en este «No a la Guerra» la posibilidad de echar al PP del gobierno, arrojando sobre las espaldas de Aznar todo el arsenal de mitemas en torno a la «armonía de las tres culturas», defendida por el «progresismo» del PSOE, frente al «criptofranquismo nacionalcatólico» atribuido a Aznar y sus «secuaces» (siendo Aznar acusado de «asesino» para arriba). Aznar, junto con Bush y Blair, es un sanguinario despiadado, un nuevo torquemada, que no le importa la sangre derramada por el pobre moro desvalido con tal de obtener el petróleo necesario para engrasar la máquina imperialista que oprime a los «trabajadores del mundo»{94}.
Sin embargo tal «imperialismo», el imperialismo americano, es el que ha generado, frente a la URSS, el sistema de «democracias homologadas» defendido por la izquierda parlamentaria socialdemócrata española desde la Transición en adelante tanto, si no más, que la derecha (España ingresó en «Europa» y en la OTAN de la mano del PSOE), siendo esta guerra, además, necesaria desde el punto de vista imperial, entre otras cosas, para el sostenimiento de tal sistema (en este caso frente a China): pues bien, la izquierda parlamentaria, al margen de estos compromisos, y con el objetivo de ganar las elecciones, alinea el «no a la guerra» con el «no a la derecha», representando «la derecha» a «la guerra», y la «izquierda» a la «paz» (cosa absurda cuando, por ejemplo, la derecha francesa está en contra de «la guerra»: Chirac, Le Pen, lo mismo que en España la propia Falange Española; la derecha italiana, sin embargo, está a favor, igual que la izquierda británica, Tony Blair, y no así la izquierda alemana de Schroeder, que está en contra), siendo este el modo efectivo que encontró «la izquierda» parlamentaria española para distinguirse, de cara al electorado, de la «derecha». Es decir, en la situación de «ecualización política entre derecha e izquierda» propia del sistema de «democracias homologadas» generado por el imperialismo yankee, fue el «No a la Guerra»el único modo como la izquierda socialdemócrata, a costa de convertirse en fundamentalista, consigue su objetivo: ganar las elecciones{95} (no tanto, desde luego, distinguirse de la derecha{96}). Y lo consigue al tener un campo abonado muy propicio para ello: una buena parte del electorado español completamente reo, en general, del «mito de al-Andalus frente a España» que viene cultivándose, según hemos visto, desde el siglo XIX.
Dicho rápidamente, ZP se apresura, y así se dibujan las cosas por parte del «Prisoe»{97}, a comprometerse con el «moro oprimido y despojado» por el imperialismo yankee, mientras que Aznar se supone enarbola la bandera de la «España imperial» contra el moro. Un moro «oprimido y despojado» que ahora, además, es gratuitamente «golpeado» por el «nacionalcatolicismo» español en complicidad con el imperialismo yankee{98}. Así, mientras que ZP defiende la «armonía de las tres culturas» y la «paz» («ansia infinita de paz», dirá después), Aznar representa esa España inquisitorial, católica e intolerante que terminó, como partidaria de «la Guerra», con el «diálogo de civilizaciones» en España.
Se desata, en resolución, el Síndrome del Pacifismo Fundamentalista contra el gobierno de Aznar que, a partir de este momento, «toma la calle» en España (asalto de las sedes del Partido Popular incluido)... y arrastra, no solamente a la izquierda fundamentalista, sino a buena parte de las instituciones españolas, para empezar a la propia Iglesia Católica, a los medios de comunicación, a los sindicatos, a la judicatura (el juez Garzón dirigió una Carta abierta contra Aznar...), por no hablar de la «farándula» artístico-intelectual... y que convergen, por diferentes fuentes ideológicas (irenismo evangélico, entiglobalización...), en este común pacifismo fundamentalista{99}. Además, dada la postura en contra de la intervención militar en Irak de Francia y de Alemania, la izquierda fundamentalista enarbola la bandera de la «Europa unida» reprochando al gobierno español el haber mantenido una posición que «divide a Europa»{100}. Aparecen así toda la mitemática en torno a la «Kultura» sustancializada, la ideología metafísica francesa de la «excepción cultural» que, supuestamente, representa «Europa» («Paz», «Tolerancia», «Respeto al Otro»...) y que defiende el PSOE, frente al «Bárbaro» militarismo (intolerante, guerrero, «insensible» a la Diferencia) que, supuestamente, representa «Norteamérica» y defiende el PP: la polarización es clara, «Europa contra EEUU», o dicho de otro modo, definitivo desde la parte de España en favor de la victoria electoral del PSOE: «al-Andalus contra España», el pacífico «diálogo de civilizaciones» contra el militarista «choque de civilizaciones».
El PSOE (y la oposición secesionista en pleno, incluyendo a IU) dibuja pues una España, la «España inquisitorial» gobernante, que, al haber dado cobertura diplomática y militar (aún en «misión humanitaria») al yankee imperialista y vengativo, ha agredido a un Islam que, herido y oprimido, podría con toda justicia responder a tal gratuita agresión previa contra España. De este modo, en esta estrategia electoral, la de presentar un militarismo completamente desproporcionado contra el «pobre moro desvalido e inocente», la izquierda fundamentalista española minimiza completamente la amenaza yihadista previa dirigida sobre España, sobre la nación española desde el 11S (y a la que respondió el gobierno de Aznar con el refuerzo del «vínculo trasatlántico), siempre considerando desde tal izquierda (muy en la línea del posmodernismo francés) que el «yihadismo amenazante» es un invento de «los poderosos» para tener al «pueblo» controlado, sumiso, vigilado y hasta castigado, y un invento, además, elaborado a medida para justificar el ataque «capitalista salvaje» («sangre por petróleo») contra el «pobre moro oprimido». Queda así ideológicamente neutralizado el 11S, cuando fue en España en donde tuvieron lugar el mayor número de detenciones vinculadas con el 11S. Incluso, la izquierda fundamentalista, llega a mofarse del ministro de Interior en ese momento, Ángel Acebes, cuando se produjeron algunas detenciones en este sentido, riéndose del ministro del Interior al decirle que estaba «persiguiendo jabón» («comando Dixan»...).
Se minimiza así, el riesgo en el que España se encontraba, tratando, en complicidad con el islamismo político, de rebajar la amenaza yihadista dirigida a España para presentar la respuesta de Aznar ante tal efectiva amenaza como desproporcionada e injusta. Se minimiza, pues, en favor de ese dibujo, de esa caricatura electoralista según la cual España, de la mano del gobierno de la «derechona» («esto nos pasa por tener un gobierno facha»), aparece gratuitamente arremetiendo, de nuevo, contra el Islam: Aznar, con su «arrogancia» al solidarizarse con el Imperio, estaba provocando al islamismo. Ya estaba el terreno preparado para que, de ocurrir algún atentado, la culpa sea de Aznar.
Zapatero, pues, anuncia, convirtiéndose en el punto principal del programa político del PSOE, la «retirada de las tropas de Irak» si accede a la presidencia del gobierno, convirtiéndose esto a su vez, esta táctica electoralista, en una invitación al yihadismo a intervenir en el proceso electoral español: el yihadismo está amparado ideológicamente por la izquierda fundamentalista al presentarlo como víctima de la agresión imperialista, quedando así justificada su posible respuesta. Y es que, en efecto, como después se supo, esta posición del PSOE pasa inmediatamente a formar parte de la estrategia yihadista, pues el yihadismo, con la complicidad de la oposición parlamentaria y los medios de comunicación afines, buscará en España un «vuelco electoral» a favor de la oposición parlamentaria.
En estas circunstancias, habiendo convocatoria de elecciones (municipales y autonómicas) en España para el 25 de mayo del 2003, la Casa de España en Casablanca sufre un cruel atentado el 16 de Mayo cuyas consecuencias, visto retrospectivamente, tienden, en esa estrategia, de nuevo a minimizarse (también a la «derecha» conviene minimizarlo porque, reconocían ya en ese momento, podían ser acusados por la izquierda fundamentalista de «invitar» al terrorismo islámico a actuar en España). En cualquier caso, y a pesar de haber desplegado todo este torbellino de ideologemas contra el Partido Popular, el PSOE no gana las siguientes elecciones municipales y autonómicas.
Entretanto, el 26 de Noviembre de 2003 se celebran elecciones en Cataluña, cuyo resultado (victoria del PSOE pero sin mayoría suficiente como para gobernar en solitario) determina la constitución del «gobierno tripartito», en el que el PSOE se alía con el secesionismo catalán para que Maragall pueda presidir la Generalidad de Cataluña. Poco después ocurrirá algo que, en buena medida prefigura lo que ocurrirá unos meses después en las Elecciones Generales del 14M: el líder del principal socio del PSOE en Cataluña, Pérez Carod (que además ocupa, por la ausencia de Maragall, el cargo de Presidente en funciones de la Generalidad de Cataluña en ese momento) se reúne en Perpignan con la banda terrorista ETA con el objetivo de que esta no atente en Cataluña. Se crea así el protectorado etarra de Cataluña, que aún se mantiene, sin ningún tipo de consecuencias (ni judiciales, ni políticas{101}), para vergüenza de Cataluña y de España: el secesionismo catalán, aliado parlamentario en la actualidad del Gobierno de España, consigue que Cataluña, y no el resto de España que sigue amenazada, quede exenta de sufrir atentados por parte del secesionismo etarra (el argumento, esgrimido por Carod y aceptado por ETA, es, por supuesto, que «Catalonia ist not Spain). Hasta este punto de vileza, podredumbre y miseria ha llegado la sociedad española: es más, el partido del cual es líder Pérez Carod conseguirá, unos meses después de la instauración del protectorado etarra de Cataluña, precisamente el 14M, siete escaños más de los que tenía en las Cortes. Tenía uno. Con el apoyo de estos ocho diputados «gobierna» actualmente ZP.
Pues bien, algo parecido ocurrirá ese mismo 14M con España en relación al terrorismo islamista.
Del 11M al 14M: España en Babia
«¿Os imagináis un gobierno que, pocas semanas más tarde de tomar posesión, tome la decisión de que las tropas regresen a casa?», así abrió ZP su campaña.
Había que elegir pues, así se plantearon las cosas desde la izquierda fundamentalista, entre la España pacífica «de las tres culturas», representada por ZP y el PSOE, o la España guerrera y dogmática, inquisitorial, cripto | | | |