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A CATÁSTROFE POLÍTICA POR DÍA
La descomposición
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EN PLENA revolución de terciopelo Vaclav Havel llamó a sus compatriotas a "vivir en la verdad". ¿Se descompone el régimen español como se descompuso la sociedad totalitaria de la extinta república Checoeslovaca? Se descompone pero en nada se parece al desmoronamiento venturoso que experimentaron las sociedades totalitarias socialistas. La descomposición del régimen español es de otra naturaleza pero viene a cuento la invitación que Vaclav Havel hacía a sus compatriotas por su atinada aplicación al momento político presente. A razón de catástrofe política diaria a los españoles nos ha llegado la hora de interrogarnos por qué ocurren tales cosas y de manera tan continuada o persistente, sin respiro.
¿Es España una democracia? Sí. ¿Existen democracias y democracias? Por supuesto. España es una democracia sui generis, a medio camino, es una democracia diseñada y concebida en una época histórica singular con protagonistas muy singulares. Es el fruto de un pacto ultramontano, un parto en las caballerizas, que ha dejado huella indeleble en cada artículo de la Constitución y que dio forma a nuestro andamiaje institucional. La Constitución española, dicho en plata, es una Constitución intervenida por los militares de la época, por la guerra fría, cuando la guerra fría alcanzaba temperaturas inusuales en el corazón de Europa. Intervenida por los políticos que procedían del régimen franquista y por los políticos izquierdistas, con iguales pulsiones totalitarias y ambos con una pasión incontrolada por el Estado y por el poder. Intervenida por las inseguridades de la familia real, intervenida por las pulsiones centrífugas que escenificaban mejor que ninguna otra cosa el descrédito histórico de la clase política agolpada en Madrid y del propio Estado, intervenida, en suma, por las características históricas de la época, irrepetibles.
Nuestra Constitución es fiel testimonio de una época por lo general poco edificante y atiborrada de ignorancias. Se hizo lo que se pudo y no constituye, en ninguna modo y en ninguna forma, una pieza jurídica relevante. A pesar de lo cual y de todas las miserias que la afean nos ha sido de gran utilidad y a lomos de ella hemos cabalgado todos estos años. Soy de la opinión de que está suficientemente amortizada. Es justo reconocer que el periodo histórico que se corresponde con el de la actual Constitución es un periodo de prosperidad y es igualmente justo reconocer, asimismo, que nuestra prosperidad le debe apenas un tantito a la actual Constitución y le debe todo a una epoca histórica, con clarooscuros, que mandó abrir todas las ventanas y forzó a la clase política procedente del antiguo régimen y a la izquierdista surgida de la transición, a prescindir de sus vetustas aristas totalitarias.
Si se parte de la premisa de que nuestra Constitución está repleta de aberraciones y afrentas incalificables y gravemente discriminatorias, por ejemplo, los amejoramientos forales de rancia estirpe a los que me he referido en otros momentos, ya digo, lo que cuento es más comprensible. Si por el contrario, se considera que nuestra Constitución es una pieza jurídica, faro y espejo para las siguientes generaciones, todo lo que expongo carece de sentido.
¿Por qué digo que el régimen español, el realmente existente, se desmorona? Porque su continuidad histórica no es posible. ¿En que me fundamento? En el comportamiento de nuestra clase política. La izquierda y particularmente el PSOE se siente propietario de la transición y vencedor exclusivo de aquel proceso político. Son una banda de impostores pero se sienten propietarios del proceso y aunque no hayan conseguido inocular esa sensación en el cuerpo electoral, lo intentan y nada les detiene. Creen que la transición tiene un acento antifascista que les pertenece aunque no retengan mérito alguno en la desestabilización del antiguo régimen del que estuvieron totalmente ausentes. Les pertenece y creen que pueden hacer de su capa un sayo e interpretar a merced, como les venga en gana en las reuniones de sus órganos de dirección, la Constitución, el futuro de España, la organización del Estado o la profundidad de los derechos políticos de los españoles. Su actitud decanta todos los tics totalitarios a los que antes me he referido y que se manifestaron en la etapa fundacional de la transición política. La izquierda a inyectado un sesgo antifascista a la transición de la que se siente propietario, estableciendo una línea divisoria ficticia pero infranqueable, fascistas/antifascistas, que imponen a los españoles y anteponen a los intereses generales.
Si nos detenemos en la clase política nacionalista, su actitud y comportamiento es como estaba anunciado y de la que jamás se han retractado. Su actitud es liquidacionista. Sus pretensiones, decididamente destructoras, aumentan de volumen con los días. Desde aquella época fundacional a nuestros días, lejos de declinar, sus ínfulas se han desbordado al rebufo de los tres grandes partidos que ha tenido España, la UCD, el PP y el PSOE, en pasteleos interminables e inspirándose en el actual modelo jurídico e institucional, alumbrado por la actual Constitución.
El PP es un partido que renuncia a cualquier otro beneficio que no sea el que se deriva del actual modelo institucional. Son legalistas e inmovilistas. Su actual rechazo del Estatuto es un rechazo de estirpe legeluya, en la peor acepción del término, defendiendo un modelo jurídico e institucional, responsable último, es la gran paradoja, del desmadre al que estamos asistiendo. No utiliza argumentos de autoridad, postula un enroque legalista que a fuer de fracasar solo serviría para reforzar un modelo institucional del que no cabe esperar nada bueno. El planteamiento del PP recuerda mucho al que habiendo perdido una posición de privilegio invoca un reglamento para exigir su recuperación.
Así pues la coalición de izquierdas y nacionalistas quiere sustituir el actual Estado Social Democrático de Derecho constituido por partidos por otro constituido por tribus, que liquida la historia común, la unidad institucional, cultural y de mercado, en tanto el PP desea la prórroga del actual modelo. El PP no llama a la Reforma Constitucional o a la apertura de un periodo constituyente, ni tampoco razona su conveniencia, se lamenta de que el actual gobierno quiere un reforma constitucional por la puerta de atrás a partir de la aprobación por mayoría absoluta de un estatuto autonómico. No le falta razón al denunciar proceder tan artero pero se queda en terreno yermo cuando no admite la verdad, cuando no admite que la puerta de atrás forma parte de nuestro modelo institucional, el previsto en nuestra Constitución, un modelo aberrante que es lo más parecido a un sin saber qué. Faltan agallas, en España faltan agallas para invitar a los españoles a vivir en la verdad y cuando tal cosa ocurre y así es percibido socialmente, se dan los elementos que permiten afirmar que el régimen se descompone. Los españoles necesitamos argumentos de autoridad y el actual modelo constitucional no los proporciona.
¿Existe la posibilidad de que me descomponga yo sin que se descomponga el actual régimen? Les digo que son dos procesos independientes. Yo me descompongo a mi ritmo y el actual régimen, el actual Estado Social Democrático de Derecho constituido por partidos políticos, al suyo. Aquí lo único que no se descompone es España que cuando toque a rebato más de uno y de mil van a deponer pantalones abajo. España es anterior a zETAp y Maragall, anterior a Rajoy, es anterior a Franco y a Largo Caballero, es anterior a Carod Rovira y a Iberreche, anterior a Touriño y a Quintana. Es anterior a todos ellos y su futuro, que importa más, sobrepasa mucho cuerpos sus entendederas. Mañana, día 21, más.
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CATALUÑA SIN CATALANES
Meter la lengua |
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ARAGALL ha metido la lengua en el ojo de Cataluña y de todos los españoles. A nadie le gusta que le metan la lengua en el ojo por muy larga que el lenguaraz la tenga. Maragall está logrando lo más difícil todavía, vaciar Cataluña de catalanes. A zETAp le corresponde ahora vaciar España de españoles. La acción combinada de zETAp + Maragall + comisiones por validar a regímenes apestados empieza a afectar a las placas tectónicas que sostienen el andamiaje institucional español. Es el fin de una época. No existe cuerpo de bomberos que pueda apagar tanto fuego ni ojo que lo resista. |
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