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FRACASO ESCOLAR
El burro solo rebuzna |
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Antonio Yuste 16 Septiembre 2005 |
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¿QUIÉN TIENE SU puesto de trabajo en propiedad? En una sociedad abierta que proporciona garantías jurídicas y fomenta las oportunidades es una pregunta ociosa, sin sentido. En nuestras sociedades cerradas, antiguas, rígidas, es una pregunta que puede hacerse y develadora del estado de la cuestión. La mayor parte de docentes que pertenecen al Sistema Educativo Nacional tienen su plaza en propiedad. Son funcionarios y un funcionario es un individuo que contrata estabilidad, garantías y certidumbres las 24 horas del día. Un funcionario es un individuo con un perfil psicológico específico, es un consumidor avezado de seguridad, esto es, un perfil nada atinente con el mar de tinieblas o las aguas pantanosas sobre las que está construido el edificio del saber, siempre informe, mutando, moviéndose, escurriéndose y casi siempre inasible. La obsesión primaria de los funcionarios del Sistema Educativo Nacional es calcificar el saber, endurecerlo, para estabilizarlo y adaptarlo a su puesto de trabajo y su necesidad irreprimible de rigidez intelectual y seguridad. ¿Es así para todos los funcionarios? No, afortunadamente. Pero los Sistemas Públicos Educativos en su conjunto, en todo el mundo occidental, y las clases políticas correspondientes, procedentes en su mayor parte de la función pública, están bajo la impronta de dicho perfil, la razón de fondo que explica que estemos ante estructuras rígidas, antiguas y muy ineficientes.
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María Sansegundo. La Ministra de educación, que procede del propio sistema, anuncia 6.000 millones de euros para reforzar el sistema. Se entiende que para reforzar el sistema que tanto fracasa, para reforzar el fracaso. |
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A un saber cosificado, impermeable a los cambios, le corresponden estructuras del mismo palo. El fracaso escolar me acompaña desde que tengo uso de razón. Cuando tuve, como el resto de ciudadanos, que someterme al sistema educativo, al que me sometí por mandato imperativo, ya existían alumnos y compañeros, muchos, que se quedaban en la estacada, que no podían superar la distancia emocional entre el marea de normas, de saber normalizado, que tenían que absorber y sus necesidades vitales, me refiero a las ordinarias y las más sofisticadas. A lo largo de los años dicha distancia emocional no ha hecho más que crecer y agravarse. El sistema educativo tiene que competir, además, con los grandes medios de comunicación de masas que no cesan de minar su autoridad y que rivalizan con él no pocas veces. El problema no reside, es obvio, en el mandato imperativo, cualquier sistema es imperativo, el problema reside en el poco rendimiento que se obtiene del mandato imperativo y que desde hace décadas la sociedad americana identifica como fracaso y cuya acepción se ha generalizado en el mundo entero. Siendo un problema viejo, como bien se ve, independientemente del poco tiempo que llevamos rotulando el problema como fracaso, en mi opinión muy acertadamente, se acerca el momento crucial de tener que identificar la verdadera naturaleza de los problemas del Sistema Educativo Occidental, Oriental y Mundial.
Empezaré diciendo que es el propio sistema educativo el que se evalúa, valorando el esfuerzo que realiza, contrastando los costes de dicho esfuerzo y los resultados que obtiene. Y desde dicha perspectiva, naturalmente, existe mucho fracaso, el sistema es muy ineficiente. Toda la información que fluye alrededor del sistema y del fracaso del sistema, procede del propio sistema, como se ve, un sistema autocontenido. ¿Autocontenido?, ¿es viable un sistema físico autocontenido? ¿Puede un sistema enfermo, ensimismado, autorrepararse?. El diagnóstico y la terapia para todos los problemas de los Sistemas Educativos Nacionales es siempre el mismo y en todas las partes del planeta. El diagnóstico, FALTA DE RECURSOS; la profilaxis: FORTALECIMIENTO DEL SISTEMA.
Un sistema que se autoevalúa lo hace desde determinadas premisas y las premisa básica del mecanismo de reparación es que el sistema no es discute, por lo tanto, su fracaso se imputa a la falta de recursos financieros y a la insolvencia intelectual de nuestras sociedades que prestan muy poco mimo a dicho sistema. Es el punto de vista universalmente aceptado. El burro solo rebuzna, no ladra o gorjea, rebuzna.
El grueso del fracaso escolar que el propio sistema detecta lo imputa, por activa o por pasiva, a la falta de disciplina y rigor por parte de los alumnos con origen en la falta de motivación, en la pertenencia a familias desestructuradas o a núcleos con problemas de integración (exclusión social). Al sistema, es lógico, le gusta hablar de los problemas, que impiden que tenga éxito y rechaza con violencia que el fracaso sea imputable al propio sistema. Cuando los problemas son ajenos al Sistema, son perturbaciones exógenas que lo desestabilizan, el remedio, parece lógico, es fortalecer el sistema. ¿Qué ocurre si el denominado fracaso, como ya hemos visto, antiguo, es imputable al propio Sistema, a factores endógenos? Ocurre que emergen con fiereza los miedos irreprimibles al cambio y otro miedo, aún superior, a asumir responsabilidades y formar parte del problema. Ocurre ¡que gran paradoja! que el Sistema se niega a aprender el problema y un sistema educativo que no puede aprender un problema, su problema, es un sistema herido de muerte. Y yendo al grano, ¿qué ocurre si lo que el sistema educativo considera éxito, forma parte estructural del fracaso? Es la circunstancia en la que nos encontramos y que nos advierte que la posesión de un título universitario, tal como reconoce el propio Ministerio de Educación y revelan las encuestas, no mejora las expectativas para ganarse la vida o ser socialmente útil, un objetivo primario de cualquier sistema educativo.
¿Y dónde reside el problema? El problema reside en que desde el principio de los tiempos el saber no se deduce de la existencia de normas como erróneamente suponen los Sistemas Educativos Nacionales. Un error antiguo. El saber se normaliza para ser transmitido, ahora bien, el saber, para todos los casos, en todos los supuestos, cuando existe, se deduce del inteligente uso de dichas normas y de la creación de nuevas normas, que en nada se parece a conocer las normas. Conocer las normas y usarlas inteligentemente, con criterio, son universos no consecutivos, es decir, de conocer las normas no se deduce destreza alguna para su uso inteligente, con criterio. Podría decirse que no hay relación causa-efecto. Asunto que plantea un problema de fondo y de capital importancia, ¿es relevante un sistema educativo consagrado a difundir normas? No se entra a discutir la calidad de dichas normas, que es otro problema y no menor.
Hemos llegado al nudo del problema: el Sistema tiene que replantearse qué es aprender normas o cuando las normas están realmente aprendidas para su posterior uso. El siguiente paso consiste en determinar qué es lo que hay que aprender, cómo aprenderlo y quién debe aprenderlo. No todos tenemos las mismas competencias vitales e igual disposición para aprender idénticas cosas. El talento, de lo que nuestro sistema educativo no es consciente y es incapaz de identificar, existe. El sistema educativo, el realmente existente, es caduco, inapropiado y construido sobre premisas falsas. El burro, que es una animal inteligente, noble y laborioso, solo rebuzna, no ladra o gorjea. El martes, día 20, más.
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FRACASO A TODA VELA
El profesor rendido |
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A EDUCACIÓN estuvo en manos del clero a lo largo de siglos. El Estado en su día, cuando los pueblos pudieron constituirse políticamente, heredó la tarea de la Iglesia con el propósito de difundir normas y saberes que se llamaron positivos y que ya no estaban bajo control del clero. Hubo un tiempo en el que se creyó que el saber estaba muy cerca de la cima y se tocaron las campanas para su completa dominación. El dominio universal de las normas proporcionaría a las distintas naciones y pueblos la conquista de la gloria y el dominio de la naturaleza. De aquella hipnosis surgieron nuestros sistemas educativos. No se cumplió el ideal positivista y las pruebas abundan. Aquellos ideales, que son los cimientos de nuestros vetustos sistemas educativos, están muy lejos de ser ciertos. Tenemos que revisar qué es aprender normas, que tenemos que aprender, desde primaria, hasta la universidad pasando por la formación profesional, como aprenderlas y quién debe aprenderlas. Cuando se admite que el saber no es acumulativo es más fácil comprender lo que digo. Cuando se admite que una norma, a menudo, desplaza la anterior todo es más fácil.
Tenemos que revisar, claro, quién debe enseñar normas, cómo enseñarlas y en qué condiciones. ¿Por qué el Estado se reserva el derecho de educar en régimen de monopolio, con criterios espartanos, a todos igual, o todo lo contrario, con criterios asimétricos, como es el caso español?, ¿qué tiene que ver la obligación de aprender con las pretensiones del Estado de ocuparse de ello en régimen de monopolio? ¿Puede el profesor, el profesor realmente existente, hacer entrar en crisis asunto tan paranormal?
Hace tiempo que sabemos que el Estado no es más inteligente que el ciudadano y que su inteligencia no es equivalente a la suma de la inteligencia de todos sus ciudadanos. El estado es un instituto formal y funcional para servir al interés común. No le corresponde al Estado, por lo tanto, arrogarse la misión de educar en régimen de monopolio. Una cosa es que los ciudadanos tengamos la obligación de aprender, hace décadas que no es un derecho, y otra bien distinta inferir de dicha obligación que el Estado es el único tutor posible. No es así. El sistema educativo, una vez que ha entrado en crisis, necesita reinventarse bajo patrones, ahora sí, de libertad, para preservar el talento y los talentos, y producir saber. El sistema necesita hacer rolar la nave del saber en mar abierto y no necesita profesores rendidos bajo la divisa del fracaso a toda vela. El Sistema Educativo occidental es una gigantesca nave que sí, que avanza a toda vela, pero empujada por un gigantesco ventilador. Mal asunto. |
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