01 | Sep | 2004 | nº 0007
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RAÍCES DEL FUNDAMENTALISMO
La intolerancia religiosa frente al progreso
Karen Armstrong

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ORÍGENES DEL FUNDAMENTALISMO EN LAS RELIGIONES
La intolerancia religiosa frente al progreso
Karen Armstrong



Karen Armnstrong


Introducción escrita por Karen Armstrong en noviembre de 2003 para la edición española de su famoso libro LOS ORÍGENES DEL FUNDAMENTALISMO EN EL JUDAÍSMO, EL CRISTIANISMO Y EL ISLAM | Ediciones Tusquets | Tiempo de Memoria | 532 páginas | libro cuya lectura recomendamos.


Cristianos, judíos y musulmanes han desarrollado una forma agresiva de fe cuyo objetivo es sacar a Dios y a la religión del segundo plano al que se han visto relegados en la cultura laica moderna y devolverlos a una posición preeminente
Estos fundamentalistas parten de la convicción de que luchan por la supervivencia de su fe en un mundo que mantiene una actitud sistemáticamente hostil a la religión
El 11 de septiembre de 2001 pasará a la historia como un día que cambió el curso de la historia del mundo. En esa fecha, unos terroristas musulmanes destruyeron el World Trade Center y un ala del Pentágono y mataron a casi tres mil personas. Se trató de una acción planificada a conciencia para la televisión, Las torres en llamadaradas del Wold Trade Center y su subsiguiente y espectacular desmoronamiento se convertirán en iconos del siglo XXI. Por primera vez el pueblo, el pueblo de Estados Unidos había sido atacado por un enemigo extranjero en su propio suelo, pero no por un Estado nacional ni por un misil nuclear, sino por extremistas religiosos, que no blandían más armas que cortaplumas y cuchillas. Fue un ataque contra Estados Unidos, pero también una advertencia para cuantos formamos parte del Primer Mundo. Nunca nos hemos sentido tan indefensos, tan vulnerables y mientras escribo estas líneas, dos años después de la catástrofe, todavía no nos hemos adaptado a la nueva situación de un mundo, el nuestro, que se ha visto drásticamente alterado. Desde la perspectiva de un laico estos ataques con motivación religiosa, son incomprensibles pero, a menos que nos esforcemos por conocer mejor esta forma de religiosidad militante que denominamos fundamentalismo, seremos incapaces de afrontar de manera creativa un peligro que nos amenaza a todos.

A mediados del siglo XX, los expertos y analistas asumían que el laicismo era la ideología del porvenir inmediato y que la religión ya nunca más desempeñaría un papel de importancia en los asuntos internacionales
Pero los fundamentalistas han invertido esta tendencia, y poco a poco, en Estados Unidos, en Israel y en el mundo musulmán la religión se ha convertido en una fuerza que todos los gobiernos deben tomarse muy en serio
La ignorancia resulta un lujo que ya no podemos permitirnos, porque es obvio que la violencia religiosa va a permanecer entre nosotros largo tiempo. Al Qaeda, el grupo islámico responsable de los ataques del 11 de septiembre, ha cometido desde entonces más atrocidades y ha asesinado a más personas inocentes. En Oriente Próximo, se suceden casi a diario atentados contra civiles israelíes cometidos por suicidas con bombas adosadas al cuerpo. Como reacción a la amenaza terrorista, los gobiernos laicos tanto de Israel como de Estados Unidos han lanzado grandes ofensivas militares que, de manera inevitable, han causado la muerte de más civiles inocentes. Hemos tenido dos guerras a gran escala en Afganistán e Irak. Aunque Estados Unidos sostiene la separación de la religión y la política, el presidente George W. Bush cree que Dios le escogió para ser el comandante en jefe de América. Al igual que Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda, Bush considera que la crisis es un conflicto entre el bien y el mal. En esta creencia coincide y cuenta con el pleno respaldo de la Christian Right (Derecha Cristiana) estadounidense, que reprueba el islam como una religión absolutamente perversa e inherentemente violenta. Aunque creíamos que habíamos dejado muy atrás el fanatismo de las cruzadas y de las demás guerras de religión, parece que nos hemos enzarzado en una nueva batalla por Dios.

Hemos entrado en una nueva etapa de la historia y nada volverá a ser como antes, pero la dinámica del fundamentalismo no ha cambiado en lo sustancial. Como intento explicar en estas páginas, desde hace casi un siglo, cristianos, judíos y musulmanes han desarrollado una forma agresiva de fe cuyo objetivo es sacar a Dios y a la religión del segundo plano al que se han visto relegados en la cultura laica moderna y devolverlos a una posición preeminente. Estos fundamentalistas parten de la convicción de que luchan por la supervivencia de su fe en un mundo que mantiene una actitud sistemáticamente hostil a la religión. Libran una guerra contra la modernidad laica y, a lo largo de su lucha, han conseguido resultados reseñables. A mediados del siglo XX, los expertos y analistas asumían que el laicismo era la ideología del porvenir inmediato y que la religión ya nunca más desempeñaría un papel de importancia en los asuntos internacionales. Pero los fundamentalistas han invertido esta tendencia, y poco a poco, en Estados Unidos, en Israel y en el mundo musulmán la religión se ha convertido en una fuerza que todos los gobiernos deben tomarse muy en serio.

El Apocalipsis del 11 de Septiembre y sus trágicas consecuencia pueden interpretarse como el resultado lógico de la historia del fundamentalismo que se describe en este libro. El fundamentalismo, en contra de lo que se suele suponer, no es una ideología deliberadamente arcaizante, ni tampoco un sesgo retrógado del pasado. Estas formas de integrismo son, en esencia, movimientos modernos que no podrían haber arraigado en otra época que no fuera la nuestra. Los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono supusieron el ataque fundamentalista más devastador cometido hasta el momento contra la modernidad laica, y los terroristas no podrían haber elegido objetivos más significativos. Los extremistas religiosos jamás habían hecho un uso tan hábil de los medios modernos de comunicación como en el 11 de septiembre: alertados por el choque del primer avión, millones de personas se sentaron ante las pantallas de sus televisores a tiempo de presenciar cómo se empotraba el segundo avión en la Torre Sur del World Trade Center. Los terroristas utilizaron la moderna tecnología de la aviación para derribar edificios que se habían levantado, como una moderna Torre de Babel, en desafío a las leyes de la naturaleza, como si el ser humano hubiera querido cuestionar la supremacía de Dios, El Trade Center y el Pentágono, símbolos del poder económico y militar de Estados Unidos, se desmoronaron como un castillo de naipes ante la violenta acometida de esa ira religiosa. Los estadounidenses jamás volverán a sentirse tan seguros como se sentían el 10 de septiembre de 2001. Durante decenios, el avión había proporcionado a la gente la posibilidad de vivir una experiencia de libertad sobrehumana, permitiendo elevarse por encima de las nubes y viajar alrededor del mundo con la misma rapidez que los dioses de la Antigüedad. Pero ahora a muchas personas les da miedo volar. Se han visto obligadas a poner los pies en el suelo, le han bajado de las alturas, les han cortado las alas laicas y su confianza ha quedado gravemente dañada.

Osama Ben Laden, el principal sospechoso, no era un pensador original. Su ideología se basaba íntegramente en la del Sayid Al Qutb, el fundamentalista egipcio cuyas ideas se tratan en el capítulo 8. Con el léxico y los términos de Al Qutb, Ben Laden proclamaba que el mundo se dividía en dos bandos hostiles, uno a favor de Dios y otro en contra. Pero la aldea global ya estaba escindida en dos bandos beligerantes desde hacía mucho tiempo, aunque no del modo descrito por Ben Laden. Durante años, los que disfrutaban y apreciaban las ventajas de la modernidad, por un lado, y los fundamentalistas que rechazaban la sociedad moderna con una repugnancia visceral por el otro, se han observado mutuamente desde la distancia de un abismo de incomprensión. La atrocidad del 11-S no hizo más que poner al descubierto que esa división existía y también hasta qué extremo se había vuelto peligrosa. No se trataba de un choque de civilizaciones. El fundamentalismo ha sido siempre una disputa interna entre los miembros de una misma sociedad y, como si quisieran recalcar este hecho, los fundamentalistas cristianos estadounidenses Jerry Flawell y Pat Robertson afirmaron casi inmediatamente después de la tragedia que ésta había sido un castigo de Dios por los pecados de los humanistas laicos en Estados Unidos, un punto de vista que no estaba demasiado alejado de los secuestradores musulmanes.

En el epílogo del libro que entró en prensa en el año 2000, señalaba que el fundamentalismo no iba a desaparecer, que formaba parte del mundo moderno y que era una realidad que tendríamos que aprender a afrontar. La historia nos enseña que esta forma de religiosidad no desaparece por más que nos empeñemos en hacer como si nos existiera. Ya antes del 11 de septiembre era patente que debíamos aprender a descifrar el imaginario fundamentalista si queríamos entender lo que intentaban expresar los integristas de las tres religiones, porque esos movimientos revelaban una angustia y una inquietud que ninguna sociedad podía pasar por alto sin riesgo. Ésta tarea se ha vuelto, ahora, más necesaria y urgente que nunca.

Como explicamos en estás páginas, las tentativas de reprimir el fundamentalismo solo consiguen radicalizarlo. Todos los movimientos integristas en el judaísmo, el cristianismo y el islamismo surgen, sin excepción, del profundo temor a la aniquilación, de manera que un ataque de una potencia laica no hace más que confirmar la convicción fundamentalista de que los poderes impíos los quieren erradicar. Por eso no es sorprendente que los métodos draconianos utilizados por el primer ministro israelí Ariel Sharon para eliminar movimientos como Hamás o la Yihad Islámica sólo hayan dado lugar a una nueva serie más intensa de atentados suicidas. En el mismo sentido, las guerras en Afganistán e Irak han incrementado al apoyo a Al Qaeda entre los creyentes del mundo musulmán y han animado a más jóvenes a unirse a la organización. Ni uno solo de estos nuevos reclutas tuvo nada que que ver con Sadam Hussein, el depuesto presidente de Irak. Es más, en tanto que gobernante laico, Sadam era uno de los primeros objetivos de Osama Ben Laden. Pero éste mencionó el sufrimiento que causaron al pueblo iraquí las sanciones impuestas por Estados Unidos y el Reino Unido tras la primera guerra del Golfo en 1991, como una de las razones para los ataques del 11 de Septiembre. Por tanto, a nadie puede extrañar que la invasión británica y estadounidense de Irak, en marzo de 2003, abriera un nuevo frente para Al Qaeda. En lugar de sofocar el terrorismo religioso, la guerra solo ha servido para agravar la amenaza que supone convencer a miles de musulmanes de que Occidente ha emprendido una nueva cruzada contra el Islam. La historia del fundamentalismo no deja la menor duda sobre las consecuencias de una respuesta agresiva al extremismo religioso: siempre son contraproducentes y, en la actualidad, cuando hasta organizaciones muy pequeñas tendrán a su alcance cada vez con mayor facilidad medios de destrucción masiva de los que hasta hace bien poco sólo podían disponer los Estados nacionales, ya no nos podemos permitir estas políticas tan peligrosamente erróneas.

Ni Ben Laden ni los suicidas de Hamás representan una tendencia nueva; se limitan, sencillamente, a dar expresión a los normas del fundamentalismo de siempre, aunque con un estilo más radical y vengativo. Sin embargo, los diecinueve terroristas que secuestraron los aviones el 11 de septiembre son, desde mi punto de vista, algo completamente distinto. Puede que se considerasen a sí mismos discípulos de Ben Laden, pero, a diferencia de éste, no seguían un estilo de vida musulmán convencional. En el último capítulo señalaba que los movimientos fundamentalistas se están radicalizando cada vez más en las tres religiones de Abraham. En Estados Unidos, sin ir más lejos, algunos miembros de la Derecha Cristiana han superado con creces las tesis integristas de la década de 1970 y han ido mucho más lejos que Jerry Flawell y la Mayoría Moral. Han asumido lo que podemos denominar el post-fundamentalismo, una ideología más pavorosa e intransigente que las de sus predecesores. En el mismo sentido, los secuestradores, a quienes Ben Laden describió como una vanguardia, anunciaban una nueva y siniestra tendencia en el fundamentalismo islámico: una tendencia post-fundamentalista que nos habíamos visto hasta ahora.

Muhammad Atta, el secuestrador egipcio que pilotó el primer avión contra el Worl Trade Center, era casi alcohólico y bebió vodka antes de embarcar en el aparato. Ziad Jarrahi, el secuestrador libanés del avión que se estrelló en Pennsylvania, también bebía y frecuentaba los clubes nocturnos de Hamburgo. Muchos de los demás secuestradores se divertían en los clubes y con las mujeres de Las Vegas. Su religión prohíbe a los musulmanes beber alcohol. La idea de que un mártir islámico se presente ante Dios con el aliento hediéndole a vodka es impensable. Es como si Baruc Goldstein, el fundamentalista judío que asesinó a tiros a veintinueve musulmanes en la Gran Mezquita de Hebrón en 1994, y que fue abatido durante el ataque, hubiera desayunado un copioso plato de huevos con tocino antes de llevar a cabo su acción. Como muestro en el libro, la mayoría de los fundamentalistas musulmanes llevan vidas estrictamente ortodoxas y consideran el alcohol, los clubes nocturnos y la prostitución elementos que forman parte de la barbarie impía de la modernidad, una modernidad que han jurado no solo repudiar, sino también eliminar. Los secuestradores parecen haber apartado mucho de esta ortodoxia, y no sólo porque desobedecen normas básicas de la religión que han jurado defender, sino también porque han pisoteado los principios que mueven al fundamentalista tradicional.

En estás páginas he descrito varios movimientos antinómicos, en los que la gente viola deliberadamente las normas sagradas en épocas de grandes cambios e inquietud. Entre ellos se cuentan la figura del Mesías del siglo XVII Shabbetai Zevi, su discípulo Jacob Frank y los profetas revolucionarios de la Inglaterra de esa centuria, todos los cuales defendían una forma de pecado santo. Los periodos históricos en los que vivieron eran tan difíciles que se requería algo completamente nuevo. Los viejos valores ya no servían; debía buscarse una nueva ley, una nueva libertad que sólo podía alcanzarse con una flagrante negación de las normas antiguas.

También he mostrado que las formas más extremas de fundamentalismo conllevan un nihilismo intrínseco. Los integristas de las tres religiones cultivan fantasías de destrucción y aniquilación. A veces, como explico en el capítulo 10, han realizado actos deliberadamente autodestructivos. Un ejemplo obvio es el complot de la organización clandestina judía que pretendía volar la Cúpula de la Roca en Jerusalén en 1979, un acto que podía haber destruido el estado de Israel. Los fundamentalistas judíos actuaban impulsados por una creencia mística: si causaban un Apocalipsis aquí en el Tierra, Dios se vería obligado a enviar la redención desde las alturas. En un nivel muy distinto, las ridículas payasadas de Jim y Tammy Faye Bakker y Jimmy Swaggart, que causaron los escándalos televisivos de los años ochenta en Estados Unidos, representaban una rebelión nihilista contra el fundamentalismo más sobrio de Jerry Flawell. Era también una forma de post-fundamentalismo que parece haber animado una búsqueda antinómica del pecado santo. Resulta difícil imaginar un acto más nihilista que el del suicida musulmán que se vuela con una bomba adosada al cuerpo. Es posible que los secuestradores del 11 de septiembre también hubieran llegado a un punto en el que estaban desarrollando una forma de antinomia musulmana porque creían que no había nada sagrado. Una vez que se alcanza ese punto, hasta el comportamiento más cruel y perverso puede considerarse un bien incuestionable.

La mayor parte del terrorismo musulmán que nos afecta en la actualidad procede de oriente Próximo. Los árabes suponen sólo alrededor del 20% del mundo musulmán. Esta violencia y desesperación no es, por tanto, un producto del islam
per se, sino que la religión se ha visto sumida en la enfermiza situación crítica de esta región turbulenta, atormentada por decenios de guerras inacabables. El nihilismo de los hombres bomba y de los secuestradores es una prueba de que la gente percibe, cada vez con más nitidez, que la política convencional no ofrece ninguna esperanza y que ya nos tiene nada que perder. En el pasado, la política occidental ha sido en parte responsable de la ascensión del fundamentalismo en Oriente Próximo, y en el futuro no le queda más remedio que tener muy en cuenta, de manera equilibrada y bien informada, esta religiosidad distorsionada.

El terrorismo religioso muestra que, una vez que se utiliza a Dios para justificar el odio y el asesinato, se emprende un camino que conduce inexorablemente a la derrota de la fe. Esta religiosidad agresiva pueda llevar a algunos de sus defensores más radicales a caer en unas tinieblas morales que nos ponen en peligro a todos. Si es cierto que los fundamentalistas de las tres religiones están empezando a abrazar credos cada vez más radicales y nihilista, nos encontramos ante una deriva verdaderamente peligrosa. Por tanto, resulta esencial que intentemos comprender qué subyace tras esta profunda desesperación y qué impulsa a los fundamentalistas a comportarse como lo hacen. Todavía, solo una minúscula proporción de los fundamentalistas, participa en los actos de terror y la mayoría, se limita procurar vivir una vida religiosa en un mundo que, a ellos, les parece enemigo de la fe. No nos podemos permitir exacerbar ese miedo ni esa ira adoptando medidas políticas y militares que, como deja bien claro la historia, solo sirven para aumentar el peligro que intentamos evitar.


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Texto: Karen Armstrong
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