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CÉLULAS MADRE MILITANTES
La rebelión de los blastocitos
Jorge García Diez | 01-09-2004
Blastocito de alta calidad
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No es un tema menor, los blastocitos reclaman para sí derechos civiles y políticos y hace tiempo que iniciaron una rebelión dirigida por sus congéneres más evolucionados que alcanzaron el éxito o llegaron a término |
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Los propagandistas de la bioética consideran, en líneas generales, que con las cosas de la vida no se juega |
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Después de que el óvulo ha sido fecundado, una semana después, el embrión tiene entre 100 y 150 células sin diferenciarse aún. Estamos hablando del blastocito, una esfera que consta de una masa celular externa, que en la gestación formará la placenta y una masa celular interna que se convertirá en el feto. Dentro del útero estas células continuarán multiplicándose y la especialización comenzará hacia la tercera semana. El embrión, entonces, en estado de gástrula, contiene tres capas de células germinales, precursoras de los cientos de tipos de tejidos que forman el cuerpo humano.
Para obtener líneas de CME (Células Madre Embrionarias), se extrae la masa celular interna de un blastocito creado en el laboratorio para procesos de fecundación in vitro. La masa celular interna (CMI) se deposita en una placa que contiene células nodrizas, a las cuales se adhiere en poco tiempo. A los pocos días se desarrollan nuevas células y forman colonias. Se consideran células madre si cumplen dos requisitos, mostrar marcadores característicos de las CME y llevar a cabo varios ciclos de división celular, lo que demuestra que constituyen una línea celular estable o inmortal en términos científicos.
No es un tema menor. Los blastocitos reclaman para sí derechos civiles y políticos y hace tiempo que iniciaron una rebelión dirigida por sus congéneres más evolucionados que alcanzaron el éxito o llegaron a término. No se me ocurre mejor forma de explicar la polémica alrededor de las CME (Células Madre Embrionarias) y supongo que es la fórmula que se corresponde bien con los propagandistas de la bioética que consideran, en líneas generales, que con las cosas de la vida no se juega.
Lo cierto es que las CME, células madre, ofrecen mayor versatilidad y potencial terapéutico que las adultas. Pero mientras el uso de las células adultas está exento de controversia y restricciones, la investigación con troncales embrionarias avanza con lentitud debido a las normas legales y la ausencia de apoyo financiero como consecuencia de las restricciones legales.
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Nadie discute su potencialidad terapéutica, se discuten los derechos políticos de los blastocitos, sus derechos naturales, y se expresa dicha discusión desconfiando de la naturaleza humana, de sus inclinaciones y caprichos y dudando sistemáticamente de los objetivos de investigadores y empresas, a los que se presenta más atentos a utilizar la ciencia para su medro personal, para sus fines egoístas y la práctica de la apostasía.
No dicen los detractores del uso terapéutico de células madres que todos los científicos y todas las empresas sean intrínsicamente perversas. Acuden a un argumento ajeno que les exculpa de enumerar e identificar a los perversos, quizá porque hay muy pocos o no existen. El argumento externo tiene que ver con la defensa de la vida, de la vida del blastocito, y es un argumento de naturaleza moral y política.
La alarma social creada, el miedo a lo desconocido y la exageración de las posibilidades científicas reales, forman parte del debate. Los comités de bioética se extienden por todo el planeta para establecer restricciones al uso de los conocimientos y técnicas desarrolladas en distintos campos del saber. Su poder de convocatoria ha sido un éxito y la mayoría de países, incluido Estados Unidos, han impuesto restricciones al uso de CME.
El Parlamento Europeo ha buscado, sin éxito, un norma común para todos sus miembros, de modo y forma que cada país se rige por sus propias reglas. La ONU, también sin éxito, intentó la elaboración de una norma global. Estados Unidos estableció en 2001 restricciones parciales para investigar con CME con fondos públicos. Los useños siempre muy suyos con las cosas del dinero (ética protestante), establecieron de manera un tanto cómica desde el punto de vista de los principios que los científicos o los proyectos de investigación que estuvieran trabajando con líneas de células madre creadas antes de la restricción, podían seguir haciéndolo.
El resultado más inmediato de la restricción en los Estados Unidos, ha sido, como no podía ser de otro modo, un avance espectacular de las técnicas para mantener vivas las líneas de CME. Muchos científicos no han podido esperar al cambio de criterio y al levantamiento de restricciones. Douglas A. Melton, de la Universidad de Harvard (tiene dos hijos con diabetes de tipo 1), anunció en febrero que había obtenido 17 líneas nuevas de CME, con fondos privados, que ponía a disposición de la comunidad científica.
El clima político creado alrededor de la rebelión de los blastocitos, y los potentes comités de bioética —mas o menos dependientes de organizaciones con fuertes convicciones religiosas e ideas muy restrictivas sobre la vida y la labor científica— no es, desde luego, el más indicado para generar entusiasmo en los investigadores y atraer inversiones a dicho sector.
Algunos estados useños han iniciado avances en la dirección de desbloquear dichas investigaciones. California fue el primero en hacerlo en 2002, el año pasado lo hizo el estado de Nueva Jersey y recientemente, en Europa, lo ha hecho el Reino Unido.
En el Oriente Lejano, China, Japón y Corea del Sur, de extracción budista, nunca impusieron restricciones. Los comités de bioética, precavidos, no pretenden juzgar la ciencia pero sí a los científicos, sí la conducta humana. La ciencia es neutra desde el punto de vista de sus leyes internas, la conducta humana de ningún modo lo es.
La comunidad científica tiene la sensación, en cualquier caso, de que dichas restricciones y el modo como se concretan, están de facto juzgando la ciencia y creando impedimentos poco juiciosos e insostenibles. La opinión pública, asimismo, está empezando a compartir el criterio de la comunidad científica, abandonando sus temores iniciales, y no comprendiendo muy bien por qué investigar con células madres es peligroso y hacerlo con adultas, no. El argumento de los derechos políticos y naturales del blastocito, hace tiempo que resulta desquiciante y exagerado. No se comprende bien por qué la fecundación in vitro es posible y trabajar con líneas de células madre, procedentes de embriones descartados, un asunto peligrosísimo.
Los cambios y expectativas que generan pueden inducir temor y una lógica preocupación. Es tarea común aprender a administrar dichos temores con sabiduría y cautela sin entorpecer la marcha de la ciencia. Los mecanismos naturales de selección natural que nuestra especie había previsto, han sito rotos por nuestra acción, por nuestra lucha por la vida, por su defensa contra las enfermedades y contrariedades del entorno.
Una vez roto el mecanismo natural de la evolución, estamos en manos de la ciencia. Convendría tomarse muy en serio dicho acontecimiento. Nunca ha sido viable detener la historia para remontarse en el tiempo hasta estadios en los que los mecanismos de selección natural eran potentes y más o menos originarios. Los hombres religiosos tendrán que aprender a conciliar fe y ciencia y erradicar con sabiduría la tentación de supeditar la ciencia a la fe. Ni la ciencia se merece un trato tan injusto, ni la fe un propósito tan variopinto.
Neuronas productoras de dopamina o células epitaliales pigmentarias de la retina del ojo, podrían estar lista en poco tiempo para su aplicación en terapias reparadoras. Los glóbulos rojos se reemplazan a un ritmo de 350 millones por minuto. Se sabe que en tan rápida recuperación operan células madre prolíficas. Muchas preguntas están sin contestar. ¿Por qué se regenera parte del hígado humano en unas semanas y no lo hace el corazón?. No está descartado, nadie lo ha descartado, el descubrimiento de nuevos usos de células multipotentes como las hematopoyéticas o incluso el descubrimiento de células adultas con mayor versatilidad.
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Texto: Jorge García Diez.
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