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Ha llamado poderosamente nuestra atención el modo en que Alfons Cornellá abordaba esta suerte de crisis de identidad o sacudida intelectual experimentada por el pueblo alemán y que reproducimos literalmente por su acentuado interés. »Creo que la identidad no puede seguir viéndose en clave de lo que fuimos, o sea, no puede verse, exclusivamente, desde la lírica o la épica. Pienso que hay que pasar a repensar las identidades nacionales en clave de lo que queremos ser. Así, creo que para asegurar el futuro de la identidad del pueblo alemán es hoy muy importante, por ejemplo, reconstruir su sistema educativo (hoy bastante malo, según el análisis del WSJE, Wall Street Journal Europa) y conseguir una especie de pacto entre los agentes económicos (clase directiva, clase productiva y clase creativa) en el que se afirme que el carácter emprendedor y la pasión por entender el mundo (la ciencia y la ingeniería) son elementos vitales del carácter de la nación alemana. Y ver cómo se trabaja para conseguir que esos valores permanezcan. Que estos elementos, que otrora se pondrían en el cajón de lo económico se pongan en el cajón de las identidades nacionales me parece una novedad (que me permito proponer) interesante, en la que deberemos pensar en el futuro, aunque alguien que me oyó el otro día proponerlo en público por primera vez me criticó (quizás con razón) por excesivamente frívolo. Es posible que tenga razón y necesite (clínicamente) vacaciones mentales. -publicidad El Púgil------------------------------------
También pienso que el artículo en cuestión es el primero de muchos que vendrán en los próximos meses. O sea, que si en este curso la palabra emergente ha sido deslocalización industrial, en el próximo la palabra bien puede ser deslocalización intelectual (o creativa). Quizás el problema de fondo es que Occidente (y, en especial, Europa) no sabe usar inteligentemente su riqueza. Porque la riqueza es una herramienta fundamental para crear actividad económica (en un mundo complejo en tecnología y mercados como el actual, poco puedes hacer sin una cantidad significativa de recursos). Pero un exceso de riqueza atonta, relaja, nos hace más exigentes, más caprichosos, menos conscientes de la suerte que tenemos de tener lo que tenemos. Puede parecer una nueva frivolidad, pero el problema es, quizás, que la riqueza de nuestras sociedades (lamentablemente mal repartida) nos hace caprichosamente exigentes. Porque tenemos de todo nos creemos con derecho a exigir más. Y eso ya no es viable. Otras partes del mundo empiezan a exigir su parte de la tarta. Y tienen todo el derecho en hacerlo. No es extraño que, en un entorno económico de huída de empresas hacia menores costes como el actual, se haya encendido en Francia y Alemania (o sea, en Europa) el debate sobre el abandono de las 35 horas de trabajo por semana. El mensaje (quizás manipulado por intereses conservadores no muy ocultos, no lo niego) es que el acelerado fenómeno de la deslocalización está mostrando a Occidente que hay que apretarse el cinturón y volver a demostrar, trabajando más y mejor, que nos merecemos lo que tenemos. Hay que poner a trabajar más y mejor al capital (demostrar que la acumulación de rentas realizada durante el último par de siglos puede dar todavía mucho más de sí), y también al capital creativo y laboral. Porque los réditos de la riqueza acumulada tienen, finalmente, una fecha de caducidad concreta. No podemos asegurar una riqueza social sostenible sin más y mejor trabajo, de todos. No hay futuro sin innovación, sin esfuerzo, sin compromiso de todos en una identidad que nos proyecte hacia el futuro. Nadie nos asegura que no seamos un país pobre y decrépito dentro de 50 años. De lo que hagamos ahora con pasión, energía e inteligencia, depende que haya un futuro para todos con estándares como los actuales, o mejores. Nadie puede relajarse en este entorno tan complicado y competitivo. Todos tenemos una enorme responsabilidad si queremos mantener este sistema de bienestar creado por las dos o tres generaciones anteriores. No hacerlo, porque sólo exigimos nuestros derechos laborales sin hacernos responsables al mismo tiempo de nuestros deberes con un sistema productivo que debe resistir a la competencia mundial, es traicionar el esfuerzo y el riesgo del movimiento social y sindical de los dos últimos siglos, y también el de generaciones de empresarios que se han arruinado o se han enriquecido generando trabajo para decenas de millones de personas en Europa.» > Contundencia Pocas cosas se pueden añadir a lo dicho por Alfons Cornellá. Su punto de vista es poderoso y muy explicativo. Es difícil estar a la contra. Entender nuestras necesidades futuras es entender las decisiones que debemos adoptar hoy. El saber y la creatividad se apoya en lenguajes científicos supraculturales. En el diseño de un teléfono móvil, incluido su microprocesador y la arquitectura lógica y funcional, hay mucha ciencia, mucha cultura y mucha poesía, atributos no reservados a raza, sexo o sociedad alguna. Ya hemos dicho que son transculturales. Muchos pensaran que añadir el atributo poético a un telefonillo son ganas de enredar. Lamentamos profundamente que queden personas que puedan pensar en tales términos. Una forma de pensar neoludista y antimaquinista cuando ha sido la tecnología y las máquinas la que nos ha permitido realizar una de las mayores conquistas de la Humanidad, aumentar nuestro vida media en un siglo, en 30 años (de los 50 a los 80). Las máquinas que también nos pueden matar, tiene otro rostro humanitario y hermoso que frecuentemente olvidamos, sus funciones y diseño dicen más, o al menos tanto, de nuestro alma profunda, como lo puedan decir los versos más intensos y mejor pautados. En occidente prolifera una poderosa clase media que contamina la política, la ciencia, la economía y la cultura, que vive en la nebulosa de que los recursos son ilimitados, de que todo está sabido, todo está al alcance de la mano y que toca disfrutar. Son poderosas franjas sociales, mayoritarias que disfrutan del esfuerzo realizado por generaciones anteriores y que nada más son capaces de expresarse en forma de lo que merecen y los derechos que tienen. Es una clase media narcotizada por el bienestar, egoísta, muy incompetente moral, intelectual y funcionalmente, dispuesta a conjugar cualquier estrategia que conduzca al placer al instante y a esquivar cualquier esfuerzo con variadas mandangas y argumentos. Estamos hablando de sociedades enteras irresolutas y amenazadas por su propio declive moral e intelectual. Damos por supuesto que Cornellá habla así de los occidentales porque no conoce a los leoneses, muy distintos, de otra pasta, esforzados, reflexivos, con imponentes habilidades sociales, todo lo contrario a lo que Cornellá describe y Nuestro mundo desarrollado no sabe cómo mirar la ambición de desarrollo y poder que claramente emite la cada vez más potente economía china. Las multinacionales NO están cambiando china, China está cambiando a las multinacionales. Ferrán Adriá, declaró después de una visita a China que pronto España entregaría el galardón de cocina más creativa a China y que debíamos felicitarnos por ello. A nuestro estilo de vida muelle y ventajista, al estilo de vida saturado y crecientemente seboso de la clase media occidental, la que quita y pone gobiernos, nada se le opone y nada le importa que China sea y actúe como una gigantesca cárcel para los propios chinos. La clase media occidental no piensa más que en salir de compras y en sus derechos como consumidor. Resumiendo. La clase media alemana se alarma por la mañana del descaro chino y disfruta por la tarde, cuando sale de compras, de la buena y barata tecnología china, aunque tal actitud lleve a la ruina a la siguiente generación, a sus hijos. ------------------------ Texto: Antonio Yuste Ilustración: Clas-Clas
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