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Cuando El FMI discutía si debía o no acudir al rescate de la economía brasileña con un crédito supermillonario, cosa que al final hizo, Paul Krumang intervino en el debate desde su columna del The New York Times, sugiriendo que el rescate se produciría porque a quien se rescataba de verdad no era a Brasil sino al Citigroup y al FleetBoston, cuya exposición en Brasil rondaba, en conjunto, los 20 mil millones de dólares. Es un ejemplo de la credibilidad que le merece a Krugman los organismos financieros internacionales y las distintas teorías. Sus convicciones más profundas se sitúan del lado de los que opinan que las políticas económicas se adoptan en función de intereses específicos con muy débil impacto de las propuestas teóricas. En la era Clinton, el FMI, estuvo siempre dispuesto a responder a las crisis de los países emergentes con préstamos masivos. A México (1995) se le concedieron 50 mil millones de dólares para evitar la suspensión de pagos como nación. Para Corea del Sur, Indonesia y Tailandia (1997), se destinaron 117 mil millones de dólares. Después vino el rescate de Rusia, Brasil y Argentina. Estamos hablando de una época en que los grandes rescates constituían poco menos que un deporte popular para evitar el desplome de la finanzas internacionales. Clinton, que llegó al gobierno y ganó las elecciones bramando contra la globalización, fue como presidente un abnegado evangelizador de la globlación y muy proactivo en las políticas de rescate. Después llegarían lo republicanos a la Casa Blanca más interesados en frenar los rescates financieros masivos y poniendo el acento en el riesgo moral de dichas operaciones. Horst Koehler, por entonces presidente del FMI, afirmó que las grandes operaciones de rescate promovían conductas irresponsables (manirrotas y corruptas) tanto de los inversores, como de los gobiernos rescatados. En el 2001, el secretario del Tesoro de EE UU, Paul ONeill, para rechazar una nueva operación de rescate con Argentina, invocó que había que evitar que gobiernos manirrotos consumieran los ahorros de los fontaneros y carpinteros norteamericanos. A todas estas cosas se ha venido oponiendo Paul Krugman. Se ha opuesto a una globlalización instrumentalizada por los más poderosos y que en su opinión nada más beneficia a unos pocos. Y se ha opuesto a la capacidad de los mercados, para por sí mismos autoregularse y generar prosperidad y libertad. Postula la imprescindible intervención de los estados para incorporar criterios correctores y alcanzar los objetivos de prosperidad y libertad. Para tal propósito formula una nueva teoría comercial, por la que fue reconocido en 1991 por la Asociación Económica Americana. > La Nueva-Vieja economía geográfica Es bien conocida la animosidad de Paul Krugman, con un nivel de beligerancia de alto voltaje, hacia la Unión Monetaria Europea. Fue su más ácido detractor, poniendo el énfasis junto con Joseph Stiglitz, compañero del MIT, en el enorme déficit democrático de dicha institución, un mal común y extensible a los organismos que dan contenido a la arquitectura financiera internacional y que tan poca confianza le inspiran. Llama la atención que Paul Krugman, en al antípodas de Margaret Tachter, suscribiera las tesis de esta última sobre la Unión Europea. Es bien conocida la aversión de Margaret Tachter a la burocracia europea y fue ella quien primero denunció el insoportable déficit democrático de Bruselas. -publicidad El Púgil------------------------------------
Krugman Se opone a las globalizaciones abstractas y a los procesos de integración económica porque según él, a través de las sucesivas integraciones no se alcanza necesariamente un aumento general del bienestar. En dichos procesos, sin criterios correctores, ganan siempre los mismos. Es partidario del control de los mercados de divisas y defiende en su nueva economía geográfica la existencia de polos industriales-tecnológicos como polos de crecimiento y atracción que se comportan en la práctica como compensadores de las nefastas inercias de los mercados libres a favor de los más poderosos. Su teoría económica se inspira en los rendimientos de escala y los efectos de la aglomeración y el progreso técnico (polos industriales-tecnológicos) en la formación de modelos. > Krugman inventa el pasado Paul Krugman nos retrotrae a los viejos polos de desarrollo bien conocidos en España, muy ensayados en China, Taiwán y Corea del Sur. Nos propone un retorno a la economía presidida por la voluntad política y que en la práctica significa una economía alentada desde el Estado y protegida hasta que alcance masa crítica suficiente para sobrevivir viviendo de su propia energía. Habla poco Paul Krugman de los criterios a desplegar para incentivar dichos polos atractores, actuando como verdaderos ecosistemas, y el papel de la propiedad privada. Llama la atención que tanto esfuerzo teórico concluya en un propósito tan viejo como la Humanidad: hace el que quiere. Y cuando se quiere hacer, es una vieja máxima, las dificultades suelen ser superadas. Krugman nos habla de lo de siempre, de la economía de la voluntad. Es de ese modo como unos y otros, economistas de las distintas escuelas, terminan coincidiendo en el mismo propósito. El bienestar depende esencialmente de la voluntad de la distintas sociedades de alcanzar algunas metas y del eficiente uso de los recursos a su disposición. Si damos por supuesto que en los países democráticos se tiene libertad en la toma de decisiones el único obstáculo a salvar, el verdadero, el más difícil, es saber qué. La razón de que algunas sociedades no logren escapar del círculo de la postración económica serían, básicamente, de naturaleza interna. En dichos supuestos cabe preguntarse si dichas sociedades merecen ser socorridas al modo clásico, con préstamos o generando un último prestamista financiero que quiera correr el riesgo moral asociado. La humanidad tiene experiencia acumulada suficiente para saber que un excesivo dirigismo de los estados en la economía política acaba fracasando inevitablemente, en medio de un océano de ineficiencias ajenas a las necesidades reales. La humanidad también sabe que si las sociedades abandonan todos los patrones morales terminan destruyendo cualquier estructura, también las económicas, industriales y financieras. En el fondo, todos sabemos y es algo de lo que se habla poco o nada, es difícil de explicar por qué, que la prosperidad de los países coincide siempre con modelos de organización fiables y sociedades con un grado de autoestima y confianza alto o suficiente. Circunstancias ambas muy ligadas a la credibilidad de sus instituciones y al sustrato cívico y moral que las sustenta. De esta última reflexión habría que excluir las anomalías, por ejemplo, los petroestados con presencia de riquezas desorbitadas. En el modelo opuesto habría que situar a países como Japón o Israel, por ejemplo, dependientes en exclusiva de su voluntad y su capacidad organizativa como sociedades. Krugman minusvalora el papel de los mercados internacionales a la hora de revelar ineficiencias graves de economías poderosas, léase el inquietante déficit comercial por cuenta corriente de la economía de los EE UU, la asfixia financiera del modelo bancario japonés, surcoreano o tailandés, la debilidad psicológica de los países que se liberaron del yugo soviético para comprender las economías abiertas, el extraño valor del yuan y su anclaje en el dólar, o la ineficacia de los sistemas financieros internacionales para contrarrestar la galopante corrupción de algunos países. La globalización o la desregulación, la eliminación de un cuadro cambiario estable en 1971, en cierta forma como consecuencia de la presión intelectual de Friedman y la expansión de los gastos militares en los EE (guerra del Vietnam) ha tenido el efecto, a todas luces benefactor, de decantar todas las ineficiencias globales, regionales y particulares del sistema económico mundial. Krugman lo desprecia y se equivoca. Su existencia, por ejemplo, explica su obra y reflexión, explica las posiciones y la obra de otros economistas ilustres como George Soros, excelente abogado y defensor de los ahorros de los inversionistas internacionales y muy atento, como es lógico, a las ineficiencias del sistema y celoso ideador de soluciones que no arruinen su negocio. George Soros, a medio camino, entre Friedman y Krugman, acepta la incapacidad de la globalización para transformar los estados corruptos y despóticos. Inyectar libertad en el sistema económico mundial ha servido para decantar muchos procesos que ahora son visibles con meridiana claridad, revelando ineficiencias, inconsistencias y círculos viciosos. Estamos, ahora, en mejores condiciones para poner en marcha políticas de prosperidad y libertad. La globalización no arruinó a muchos países, en todo caso aceleró dichos procesos e hizo visibles las causas profundas. Todos salimos ganando. El modelo financiero mexicano era infumable con globalización y sin ella. La globalización puso las cartas boca arriba. La globalización, del mismo modo, está poniendo las cartas bocas arriba de la economía española, excesivamente dependiente de dos factores, el sol y la inversión extranjera. Una economía, la española, atrapada en la improductivad y su nula capacidad innovadora a pesar de su evidente capacidad financiera. De dichas debilidades jamás ha tenido culpa la globalización. Del desastre argentino jamás tuvo la culpa la globalización, con o sin ella, nunca se dice, Argentina hubiera encallado en el mismo arrecife (el populismo demagógico y corruptor). Sus problemas no son de naturaleza económica aunque ahora sean los más graves. La expansión de los fondos y de numerosos derivados financieros, está contribuyendo a ampliar el colchón de respaldo entre más agentes del mercado. Los riesgos de las crisis se redistribuyen de manera más eficiente. Tiene como contrapartida la más fácil y rápida circulación de los problemas financieros cuando estos se producen. Los detractores del sistema financiero internacional afirman que siempre acude a salvar el centro abandonando la periferia. ¿Es posible hundir el centro para salvar la periferia?. ¿Qué ocurre si se hunde el centro?, ¿qué le pasa a la economía mundial y a la periferia si se hunde el centro?, ¿multiplica su bienestar?. La Unión Europea se inventó el Pacto de Estabilidad para introducir estabilidad cambiaria, se trató de substituir el patrón oro por una serie de indicadores económicos. El modelo parece que necesita ser revisado. Todos sabemos que las propuestas de Francia, Alemania y Krugman representan una imposible vuelta al pasado pero en el pasado no está la receta. La Fundación Príncipe de Asturias premia el pasado. Hay que volver a la política, en eso coincidimos con Krugman, el dice que renunciando a la libertad financiera. Nosotros, no. El problema reside en la supremacía del concepto consumidor individual sobre cualquier otro patrón y tal concepto es un concepto político. Hay que reinventar el de derecho de gentes e interpretar más eficazmente los derechos políticos y civiles individuales. Los coches europeos y americanos no tienen éxito en Japón, en buena parte porque los japoneses, voluntariamente, renuncian a dicho placer. ------------------------ Texto: Antonio Yuste Ilustración: Clas-Clas
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