RESPUESTAS A LA VULNERABILIDAD Complejidad, confianza y terror LANGDON WINNER La lucha antiterrorista está cambiando el modo de vida occidental y está desvelando la muy alta vulnerabilidad de sistemas gigantes, crecientemente complejos. Langdon Winner nos propone una reflexión estratégica en clave de futuro.
RELACIONES TRASATLÁNTICAS Poder militar: España, Europa y EE UU IGNACIO COSIDÓ España es una potencia de tipo medio que está emergiendo en este inicio del siglo XXI como uno de los países con mayor protagonismo estratégico.
ADVERTENCIA
Las secciones CLASIFICADOS, FOROS y URNAS entrarán en funcionamiento en diciembre de 2004. Son servicios que necesitan, a pesar de la automatización con la que están concebidos:
Una masa crítica de usuarios.
Recursos humanos suficientes para mantener su calidad y frescura.
Las nuevas tecnologías son consumidoras de recursos humanos como ninguna otra tecnología lo había logrado. El uso masivo de recursos humanos se compensa con sus extraordinario réditos en productividad, transparencia, participación y proximidad. Un rizoma es un reto y un año pasa rápido. El interés y viabilidad de un rizoma está determinado por los contenidos, por el interés que concita, los apoyos que genera y un poco más adelante por los servicios que proporciona. No al revés.
ESTRATEGIA DE LOS
TRES SEMESTRES
I semestre. 1 de enero de 2004. Cazurra Bit es un rizoma en estado de propuesta, con contenidos que se renuevan mensualmente.
II semestre. A partir del 1 de julio de 2004 Cazurra Bit renovará sus contenidos semanalmente y desplegará todos sus servicios
III semestre. A partir de 1 de enero de 2005 Cazurra Bit se transforma en un rizoma en tiempo real, con más y mejores contenidos.
Cazurra Bit utilizará la estrategia de los tres semestres para reunir energía y apoyo social; para alcanzar la masa crítica que garantice su supervivencia.
RESPUESTAS A LA VULNERABILIDAD Complejidad, confianza y terror LANGDON WINNER La lucha antiterrorista está cambiando el modo de vida occidental y está desvelando la muy alta vulnerabilidad de sistemas gigantes, crecientemente complejos. Langdon Winner nos propone una reflexión estratégica en clave de futuro.
Escáneres
La noción ilusa pero finalmente desacertada de que las tecnologías son meramente herramientas objetos que tomamos, utilizamos y luego hacemos a un lado fácilmente representa un gran obstáculo para entender la manera en que vivimos hoy. Un factor esencial del vínculo que existe entre los seres humanos y el reino tecnológico, la relación herramienta-uso, se ha obviado: dependemos de forma absoluta de sistemas monumentales, complejos y artificiales para estructurar todo lo que hacemos.
Para los países del hemisferio norte, dicha dependencia se recibe con los brazos abiertos porque la misma aparenta ser crucial para la prosperidad y la libertad. Las tecnologías de gran escala y geográficamente abarcadoras nos permiten movernos a nuestro antojo, comunicarnos libremente y prescindir de las exigencias apremiantes de supervivencia diaria que una vez sobrellevaron nuestros ancestros y que aún abruman a los países menos prósperos del mundo. La ingeniería efectiva y eficiente es sólo una parte del problemaNo obstante, en la actualidad existe otra dimensión de complejidad tecnológica aún más problemática que requiere atención. Nuestra dependencia de sistemas tecnológicos complejos amenaza con convertirse en una fuente de vulnerabilidad. Si algún componente importante que sustenta la vida moderna deja de funcionar por un periodo de tiempo significativo, nuestra prosperidad, libertad y comodidad se verían amenazadas. Como podrán recordar, ésta fue una gran preocupación durante el 1999, cuando las multitudes deliraban sólo de pensar en la posibilidad de un desastroso colapso de los sistemas como consecuencia del llamado virus del milenio (Y2K). Existía el temor generalizado de que la red de energía, la transportación aérea, los sistemas bancarios, y otros sistemas se interrumpieran como consecuencia de un malfuncionamiento de las computadoras y que la sociedad se sumiera en el caos. Sin embargo, salvo con la excepción de uno que otro incidente aquí y allá, el desastre que se había anunciado nunca arribó. Aún así, la percepción de vulnerabilidad rayó en la histeria masiva durante los últimos meses de 1999.
> Respuestas a la vulnerabilidad
Nuestra sociedad tiene que lidiar rutinariamente con el espectro de la vulnerabilidad de muchas maneras. Una estrategia es asegurarse de que los artefactos y sistemas técnicos estén bien diseñados y protegidos contra fallas calamitosas. Los ingenieros y diseñadores de sistemas se cercioran de que los elementos estructurales puedan resistir mayor presión de la que normalmente pueden soportar. También se integran muchos elementos redundantes para que en caso de que una parte falle, otra la sustituya.
Los sistemas complejos se vigilan de muy distinta manera en las sociedades abiertas y en las sociedades cerradasPero la ingeniería efectiva es tan sólo una parte. En sociedades libres y democráticas, el individuo promedio ha manejado su relación con la vulnerabilidad de otra forma: adopta una actitud de confianza y se aferra a la idea razonable de que las tecnologías siempre funcionarán de manera confiable y no se averiarán, poniendo en peligro nuestra salud, seguridad, y comodidad. Esta relación es recíproca: la información sobre la situación estructural y operacional de dichos sistemas tecnológicos le produce confianza a los ciudadanos. La construcción de muchos de los elementos claves los expone a la posibilidad de una interferencia deliberada o inadvertida. Líneas de energía eléctrica, líneas telefónicas, tuberías de gas, diques, acueductos, ferrocarriles, aviones, obras elaboradas de arquitectura, y otras obras están frecuentemente desnudas ante el mundo, abiertas al escrutinio, apenas protegidas del tipo de interferencia que podría dejarlas inoperantes. Por décadas, comúnmente se esperaba, aunque no se verbalizara, que las personas en sociedades industriales prósperas no destruyeran o interrumpieran el funcionamiento de piezas claves en el funcionamiento del orden tecnológico global.
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La mayoría de las personas aceptan la presencia de grandes tecnologías complejas porque su bienestar depende de las mismas, porque no existe una razón satisfactoria para actuar de manera destructiva y por supuesto, porque la ley condena los actos de sabotaje. Las excepciones incluyen bombazos ocasionales producto de anarquistas durante el comienzo del siglo XX, actos de destrucción a manos de Weathermen, y extremistas políticos en tiempos recientes, como Timothy McVeigh y el Unabomber , entre otros. Pero en general, la relación de confianza y franqueza entre el individuo y los sistemas complejos ha resultado ser bastante resistente.
Existe una visión muy diferente de cómo manejar grandes sistemas complejos en sociedades totalitarias, vigiladas y cerradas como lo fueron la Unión Soviética bajo el régimen de Stalin y Korea del Norte bajo Kim Il Sung. Regímenes de esa índole han reforzado el diseño de sus tecnologías y han instalado abarcadores sistemas de vigilancia y patrullaje porque no confiaban en sus propios ciudadanos. Cualquier sociedad que adopte estas estrategias enfrenta inevitablemente como consecuencia la eliminación de las libertades civiles.
¿Que sucedería con nuestra sociedad si las normas de franqueza y confianza que hemos mantenido en pie por tantos años se dañaran a causa de un sentido generalizado de vulnerabilidad y temor? ¿Sobrevivirían nuestras libertades, derechos e instituciones democráticas?
> Vehículos de destrucción
A la sombra de los ataques contra el Pentágono y el Centro Mundial de Comercio y la alarma que causó el antrax, dichas preguntas han vuelto a cobrar relevancia y los americanos ahora son más conscientes de su vulnerabilidad. Todo parece ser blanco de ataques: las represas, las reservas, los puentes, las plantas químicas y de energía, los acueductos, las líneas eléctricas de transmisión, los tanques de gas natural licuado, la correspondencia y los sistemas de abastecimiento de alimentos.
Son muchas las infraestructuras ampliamente expuestas y poco protegidasHasta donde tengo conocimiento, los aviones que despegaron de Boston el 11 de septiembre y que culminaron su travesía al estrellarse contra las Torres Gemelas pasaron justo por encima de mi residencia, ubicada en el valle del río Hudson. Si los pilotos hubiesen querido causar daños monumentales a la región, los reactores nucleares de la planta eléctrica de Indian Point, a sesenta millas al sur de mi residencia, hubiesen sido el objetivo perfecto. Si estas facilidades, las que no están diseñadas para resistir el impacto de una aeronave, hubiesen sido el blanco, el desastre hubiese causado daños catastróficos al generar una fusión nuclear como consecuencia del derrame de combustible en las aguas y el lodo del río Hudson. La humareda de vapor y desperdicios radioactivos hubiese matado a miles de personas en un abrir y cerrar de ojos y hubiese dejado gran parte del noreste de los Estados Unidos inhabitable permanentemente. Quizás somos dichosos de que los terroristas de Al-Quaeda estaban tan obsesionados con el valor simbólico de las Torres Gemelas que no se fijaron en los que pudieron haber sido blancos más productivos: las 103 plantas nucleares con las que cuentan los Estados Unidos.
Dentro de la colección de infraestructuras de la cuales dependemos, existen muchas otras que están ampliamente expuestas y poco protegidas. El sistema de carga a base de contenedores de la nación es un buen ejemplo. Todos los años entran a los Estados Unidos seis millones de contenedores sellados provenientes de todos los rincones del planeta. Al momento, sólo el dos por ciento de los mismos pasan por algún tipo de inspección, aunque un nuevo programa internacional pretende aumentar el porcentaje de inspecciones. Si alguien pudiese fabricar o comprar un aparato nuclear o una bomba sucia, podría enviarla a su destino convenientemente en un carguero de contenedores y en el momento indicado, detonarlo. Esta podría ser una pesadilla recurrente: una mañana nos levantamos, encendemos la televisión y encontramos que la ciudad de San Francisco, San Pedro o Nueva York ha quedado desierta gracias a una explosión nuclear causada por una arma escondida en uno de esos contenedores de hierro.
Una parte crucial de la estrategia de Vitiges fue bloquear los acueductos que llevaban agua a RomaPor supuesto, existen muchos otros escenarios horrorosos. El automóvil es un sistema de destrucción masiva de disposición inmediata y envío flexible para quien quiere utilizarlo, una realidad que Irlanda, Inglaterra y Oriente Medio han experimentado en las últimas décadas. Existen actualmente 230 millones de automóviles y camiones registrados en Estados Unidos. El bombazo de la ciudad de Oklahoma demostró cuán fácil es en una sociedad abierta llenar con fertilizantes químicos un vehículo alquilado y hacerlo estallar en medio de la ciudad. Así como no habíamos visto los aviones comerciales como bombas voladoras, los americanos no ven sus adorados automóviles como instrumentos de destrucción flexibles y ubicuos aunque los mismos desempeñen dicho papel en Oriente Medio y en otras turbulentas regiones del planeta.
Reconocer la vulnerabilidad de sistemas tecnológico abiertos, complejos y geográficamente extensos no es una noción novel. En el año 537 D.C., el rey gótico Vitiges y sus tropas asediaron Roma. Una parte crucial de la estrategia de Vitiges fue bloquear los acueductos que llevaban agua a la ciudad, obligando así a los romanos a depender de las aguas poco salubres del río Tiber. Como resultado, los romanos abandonaron la ciudad para escapar tanto de la escasez de agua como del saqueo de la misma. Los teóricos han discutido abarcadoramente los diversos sucesos que dieron pie a la caída del imperio romano, pero según Imperial San Francisco, el geógrafo Gray Brechin dice que en conclusión, la destrucción de los acueductos terminó con el dominio de la ciudad que se autoproclamaba caput mundi, o la capital del mundo.
> Retirar la confianza
Luego de las atrocidades del 11 de septiembre, los Estados Unidos, la actual caput mundi, han luchado por encontrar la forma de encarar revelaciones sobre su propia vulnerabilidad. Hasta este momento, todo el énfasis se ha centrado en un giro rápido de la confianza a la desconfianza al instalar poderosos ajustes socio-técnicos que prometen seguridad contra el terrorismo y que ponen a toda la población bajo sospecha.
La más famosa de las medidas propuestas es la USA Patriot Act (Ley patriótica): Ley para la unificación y el fortalecimiento de América mediante las herramientas apropiadas requeridas para interceptar y obstruir el terrorismo. Esta maravillosa joya de la legislación amplía y extiende el poder del gobierno para escuchar conversaciones privadas, incluidas las llamadas a teléfonos móviles, en cualquier parte de la nación; autoriza la vigilancia del correo electrónico y de otros medios de comunicación vía internet, y permite a la policía obtener una orden de allanamiento sin el conocimiento de quien habita la residencia.
Información valiosa tecnológica está desapareciendo de la redOtras medidas de la misma índole incluyen cambios en las leyes migratorias de los Estados Unidos que le permiten a la Procuraduría General mantener extranjeros en prisión incluso cuando un juez de inmigración ordene la excarcelación. El presidente Bush emitió una orden ejecutiva destinada a crear un tribunal militar especial para extranjeros sospechosos de actos terroristas, cortes que carecen de la protección que proporciona nuestra constitución. Por medio de la misma, muchos musulmanes y árabes han sido detenidos antes de ser acusados de un crimen o de incumplir con su estatus migratorio, lo que contradice directamente la constitución de los Estados Unidos. Incluso hoy, a más de un año de los ataques, es difícil obtener una explicación exacta sobre quiénes están detenidos y por qué razón.
Mientras la sombra de la intriga y la sospecha se posa sobre la nación, información valiosa acerca de la infraestructura tecnológica nacionalpáginas en internet sobre los sistemas de acueductos, plantas nucleares, plantas químicas, y otrashan sido removidas o su contenido ha sido severamente restringido. Para los académicos, ahora es más difícil estudiar lo que una vez fue considerado como un cuestionamiento perfectamente mundano: la estructura y la operación de sistemas tecnológicos. Lo que una vez estuvo accesible al público, hoy se considera una fuente de inteligencia nacional crucial que debe protegerse de las garras de los espías y saboteadores.
La nueva ola de legislaciones y regulaciones federales se refleja en un sinnúmero de leyes antiterroristas aprobadas por legislaturas estatales, las que incluyen el fortalecimiento de los poderes de la policía para vigilar las actividades de los ciudadanos que, por alguna razón, tienen que ser observados. Dentro de esta nueva modalidad, la definición de lo que se consideraría como actividad terrorista es tan amplia y vaga que puede incluir una vasta gama de actividades políticas, como lo sería organizar una marcha para protestar públicamente. A los grupos de libertades civiles les preocupa que formas ordinarias de protesta pública puedan ser definidas como terroristas y sean suprimidas. Esto podría incluir, por ejemplo, encuentros públicos para protestar en contra de la globalización como los que se han llevado a cabo en Seattle y en otras ciudades en años recientes. Desafortunadamente, episodios de represión política en tiempos de angustia civil los Palmer raids después de la Primera Guerra Mundial, la encarcelación de los ciudadanos americanos de descendencia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, la persecución maliciosa de disidentes durante la era de McCarthy en los años 1950, entre otros son demasiado comunes en la historia de los Estados Unidos. Cuando la nación se siente amenazada, la libertad paga las consecuencias.
> Un escalofrío público
Desde los ataques del 11 de septiembre, en los programas de radio y televisión y en los editoriales de los periódicos ha surgido la tendencia de definir el terrorismo en términos imprecisos, vagos e inflamatorios. Los legisladores parecen inclinarse en esa misma dirección. Durante la primavera pasada, la Cámara de delegados de Maryland aprobó una ley antiterrorista extremadamente abarcadora. Dana Lee Dembrow, miembro de la cámara de Maryland, comentó que dicha ley permite que puedan grabar tus conversaciones telefónicas por cruzar la calle de forma imprudente. Ella admitió que bajo otras circunstancias, no lo permitiría; sin embargo, después de lo que pasó el 11 de septiembre, ya no me importa.
Las medidas de seguridad posteriores al 11 de septiembre han debilitado seriamente la Constitución de los Estados UnidosLa obsesión nacional con la seguridad ahora sacude la vida pública y sólo podemos preguntar hasta donde vamos a llegar. Por ejemplo, desde 1960 en EE UU hemos vivido un animado debate sobre la privacidad y la libertad personal en la era de la informática. Un consenso estableció que los ciudadanos no serían vigilados ni por el gobierno, ni por corporaciones, ni por otros individuos. Este consenso fue derrocado por la idea que la vigilancia difundida es necesaria y que sistemas ingeniosos como El Carnivoro del FBI (aparato que vigila los mensajes electrónicos y las actividades en la red de todos) es lo que necesitamos para defender la nación.
Las medidas de seguridad posteriores al 11 de septiembre han debilitado seriamente las medidas que protegen la Constitución de los Estados Unidos. Por ejemplo, la cuarta enmienda claramente indica que el derecho de los habitantes de que sus personas, domicilios, papeles y efectos se hallen a salvo de pesquisas y aprehensiones arbitrarias, será inviolable y no se expedirán al efecto mandamientos que no se apoyen en un motivo verosímil, estén corroborados mediante juramento o protesta y describan con particularidad el lugar que deba ser registrado y las personas o cosas que han de ser detenidas o embargadas [3]. Sin embargo, bajo las estipulaciones de la Ley patriótica, las autoridades pueden registrar con una orden de allanamiento a cualquiera, dondequiera, por periodo indefinido, a través de internet o fuera de ella.
Lamentablemente, estas medidas se han diseminado por completo en la sociedad civil. Muchos americanos se han vuelto precavidos e incluso se han cohibido de expresarse para evitar levantar cualquier sospecha. En semanas recientes, he escuchado a muchos decir que no les preocupa la legislación anti-terrorista ya que, como quiera, no llevan a cabo ninguna actividad que pueda interesarle a las autoridades. Parece que el patriotismo requiere que seamos predecibles y sumisos.
En un acto típico del pánico creado como consecuencia de los ataques del 11 de septiembre, en un segmento noticioso de la NPR se les pidió a expertos en seguridad que nos dieran algunos consejos para cooperar con la vigilancia contra el terrorismo. ¿Qué nos contestaron los expertos sobre el asunto?. Contestaron que debiamos observar cualquier conducta sospechosa. Esto incluye personas que vistan artículos de ropa poco comunes, que digan o hagan cosas que estén fuera de lugar dentro de una situación o sitio particular. Mientras escuchaba todo el relato, me chocó que los expertos catalogaran como conducta sospechosa y peligrosa distintas manifestaciones de la libertad: vestir lo que nos de la gana, decir lo que se nos ocurra, actuar en público libremente.
> Cuando las estructuras estables se deshacen
No sabemos en realidad cuáles eran las verdaderas intenciones de lo terroristas del 11 de septiembre. Sin embargo, si uno de sus fines era hacer que nuestro estilo de vida dejara de ser tan abierto y libre, lo han logrado. En la actualidad, los americanos han restringido la libertad de viajar, han limitado el acceso a la información y han limitado los términos del discurso político. Programas tales como el Sistema de Protección de Información Terrorista (TIPS, por sus siglas en inglés), que pertenece al Departamento de Justicia, han modificado la vida social de tal forma que ahora vemos a otros individuos como sospechosos y no como ciudadanos. El terrorismo y la seguridad se han convertido en la principal preocupación de todos los foros donde se discute la política pública, no importa cuál sea el tema.
Así como los romanos durante el sexto siglo de nuestra era abandonaron su ciudad cuando bloquearon el paso de los acueductos, los americanos parecen también abandonar elementos esenciales de la cultura civil democrática que viene desarrollando desde hace dos siglos. Esta aterradora reacción a los más recientes eventos es evidente en las características físicas de los edificios y terrenos públicos. Si visita Washington, D.C. se encontrará con una ciudad muy distinta: feas barreras de hormigón rodean los edificios públicos y los puntos de inspección y las cámaras de seguridad están presentes por todas partes. Se ha bautizado la ciudad con el nuevo nombre del hogar del Territorio Nacional, un país nuevo y extraño donde las libertades de expresión, de pensamiento y de movimiento, las que fueron tan apreciadas en el pasado, son ahora lujos muy costosos a los que no podemos acceder. Los ciudadanos deberían preguntarse si el Territorio Nacional se rige con la misma constitución que la vieja nación llamada Estados Unidos de Norteamérica.
En el ambiente impera la percepción de que el terrorismo es algo que ha llegado desde afuera y que hacedores del mal que provienen de los más remotos confines del planeta han traído el terror a esta sociedad que, bajo otras circunstanciases, es armoniosa y risueña. Obviamente, hay un grado de realidad en esa afirmación. Existen seres malévolos en nuestros entornos que están decididos a infligir muerte y destrucción.
Visto desde otra perspectiva, el terror que experimentamos ese pavor que nos aflige diariamente reside en el sistema mismo que desarrollamos tan ingenuamente durante el siglo pasado. Lo que hace exitosas a las complejas tecnologías modernas es que las mismas logran dirigir enormes reservas de energía del reino natural de forma que éstas puedan ser utilizadas de manera eficiente y controlable. Una posibilidad trágica no puede ser totalmente eliminada: la posibilidad de que esta energía, algún día, pudiera escapar de forma incontrolable, escapando de los sistemas y las infraestructuras que originalmente se habían diseñado para contenerla. En años recientes, este tipo de temor se ha concentrado en accidentes tecnológicos poco usuales, por ejemplo, la explosión del trasbordador Challenger. Tal desconfianza también se ha incrementado con la más reciente evidencia de males ambientales, incluido el calentamiento global. El uso controlado de combustible fósil de nuestras tecnologías durante décadas ha creado cambios destructivos e incontrolables en el clima.
Tras los ataques del 11 de septiembre, el horizonte de la catástrofe se ha desplazado. El logro de una aeronave es contener y dirigir el combustible de alta energía cuya combustión permite que vuelen de forma rápida. El logro de la ingeniería que hace posible los rascacielos es retar la gravedad al apiñar ingeniosamente toneladas de acero y otros materiales en estructuras complejas que, a pesar de su precaria posición, no se derrumbarán. Sin embargo, ¿qué sucedería si el potencial físico de estos logros de repente se desencadenara y actuara de una manera distinta a lo planificado?.
El horror que causó el ataque al Centro Mundial de Comercio es que la energía de dos maravillas de la tecnología moderna los rascacielos y las aeronaves chocaron y causaron que la energía que ambos sistemas contenían tan cuidadosamente se desatara en la forma de una explosión, un incendió y un derrumbe catastrófico. Dado el caso, la ingenuidad de los terroristas recae en haber incitado un proceso que causa que estructuras estables se disuelvan.
Muy unido a nuestras experiencias con la tecnología moderna está el terror elemental de que la energía que hemos buscado controlar se escapará de nuestras manos y actuará en nuestra contra para injuriarnos y destruirnos. Percepciones de este tipo han emergido en innumerables novelas y películas de ciencia ficción durante el siglo pasado, convirtiendo así nuestros peores temores en entretenimiento para las masas. Pero, más allá del papel y las pantallas, una nueva pregunta emerge. ¿Cuántos sistemas adicionales de increíble poder tecnológico se pueden imponer antes de ahogar la cultura de la democracia? Una de las consecuencias de construir sistemas complejos, estrechamente acoplados, geográficamente extensos, poderosos, pero irremediablemente precarios, es toparnos con un mundo lleno de bombas de tiempo listas para estallar.
> Pensar como una fortificación
Actualmente, la respuesta inmediata al terror de los americanos es hacer sistemas más estrictos para prevenir futuras interrupciones, una estrategia que hoy en día es muy familiar. Estamos construyendo barreras alrededor de sistemas cruciales y estamos haciendo más fuertes sus componentes internos al rodearlos con elaborados métodos de vigilancia y supervisión. Si continuamos con esta estrategia, nuestros recursos económicos mermarán como consecuencia de la rigidez de los sistemas tecnológicos y la libertad y el civismo se verán amenazados. Sin embargo, parece que los americanos y sus políticos están dispuestos a pagar este precio aún cuando esto debilitará rápidamente nuestras instituciones (por ejemplo, nuestras escuelas seguirán careciendo de fondos y de compromiso), debilitando las bases de la sociabilidad democrática.
Desafortunadamente, estamos lejos de saber claramente si estas nuevas medidas tendrán éxito. Un nuevo estudio del Departamento de Transportación publicado a principio del año encontró que 30 por ciento de las pistolas y 70 por ciento de las cuchillas no fueron detectadas por los novedosos sistemas de rastreo que se instalaron recientemente en las entradas de los aeropuertos. De igual forma, estudios de seguridad similares en plantas nucleares han producido resultados decepcionantes: se ha encontrado que burlar las medidas de seguridad de las centrales nucleares es relativamente fácil.
Las exigencias humanas que requiere la supervisión de sistemas complejos son muy pesadas y dfíciles de tolerar a largo plazo. Recordemos el episodio inmediatamente después del 11 de septiembre, cuando se rumoreó que el puente Golden Gate de San Francisco sería blanco de terrorismo. Se cerró el paso por un tiempo y luego asignaron tropas de la Guardia Nacional para vigilar el tráfico. No obstante, la cobertura televisiva mostró exactamente lo que esperábamos: guardias de pie, aburridos, distraídos y apenas prestándole atención a los automóviles que transitaban el puente. ¡Esto ocurría mientras la alerta nacional de terrorismo estaba en el punto más crítico!
Como consecuencia, al toparnos con fallas de esta índole, buscamos solucionarlas gastando más dinero, instalando equipo más sofisticado, contratando más personal de seguridad, sometiendo al público a la tensión de situaciones de búsqueda, vigilancia y desconfianza que cada vez se hacen más frecuentes. Un observador imparcial estaría tanto más confundido como sorprendido por la forma rápida y minuciosa en la que estas iniciativas han modificado el estilo de vida americano. ¿Por qué la nación no exploró otras soluciones más fructíferas de responder al terror que siente las personas? ¿Por qué los americanos no hacen un esfuerzo mayor para conservar su tradición de imparcialidad, confianza y libertad?
En la búsqueda por la seguridad, la nación se prepara para enfrentarse a una guerra con una nación considerada parte del eje del mal. Nuevamente, esto define el temor como un elemento ajeno en vez de reconocer que parte de la base de este temor habita en nuestro suelo, adherido al marco que apoya nuestro estilo de vida tan avanzado tecnológicamente.
> En busca de sistemas más seguros
Pienso que existen maneras más efectivas de responder a los hechos del 11 de septiembre que el tener que recurrir automáticamente al militarismo, la vigilancia totalitaria y los ataques defensivos de los derechos humanos que con frecuencia nuestros líderes prefieren. Se necesitan con suma urgencia medidas que atiendan las fuentes de inseguridad y terror que se encuentran intrínsecamente en las raíces de nuestra civilización. Por lo tanto, me parece sabio diseñar sistemas técnicos que se acoplen de forma flexible y tolerante, de modo que las interrupciones sean más llevaderas y rápidas de reparar. Ciertamente, tiene sentido que se dependa de recursos materiales y energéticos renovables que estén disponibles localmente en vez de continuar fomentando la dependencia de fuentes globales que siempre están en riesgo. Me parece más saludable depender de tecnologías que sean operadas localmente por personas con las que podemos relacionarnos en diferentes funciones y ambientes aparte del rol que desempeñan como funcionarios técnicos. Creo también que ya es tiempo que comencemos a reducir nuestra dependencia de poderes abrumadores y llenos de riesgos que le hemos arrebatado a la naturaleza. Actualmente sabemos que estos poderes no sólo pueden destruir ecosistemas frágiles, también pueden destruir el hábitat para la libertad.
Por fortuna, la riqueza de la sabiduría humana puede producir sistemas alternos para sustituir los viejos sistemas complejos, centrados en la energía, globalmente amplios e incesantemente bélicos. La construcción de sistemas más pacíficos y resistentes se puede lograr por medio de esfuerzos creativos (los que se encuentran en progreso) dirigidos a vivir de forma moderada en este planeta con la ayuda de la justicia y la compasión. Si camináramos hacia esa opción con paso firme, eliminaríamos los pesares que aquejan a la población mundial y que se prestan precisamente para impulsar ataques terroristas. Mientras impere un estado de histeria, sumisión y oportunismo político lo que, a mi parecer, continuará sucediendo tendremos la obligación de renovar esfuerzos para construir instituciones que inspiren confianza en vez de alimentar nuestros temores.
-------------- Texto: Langdon Winner · Department of Science and Technology Studies
Rensselaer Polytechnic Institute. Traducción: Kayra Fuster Fotografía: Escáneres
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