La risa entre los dientes Clas-Clas | 01-03-04 El carniceró aplicó sobre la clienta, con celeridad, los movimientos reflejos aprendidos en el ejercicio de su profesión, la abrio en canal y la descuartizó. Lo curioso es que quien pedía auxilio era el carnicero. Gritaba: ¡socorro, socorro, se quiere escapar!SIGUE
Rompimiento de gloria Marqués de Tamarón | 01-03-04 La jornada terminó al filo de la medianoche, tras una cena de queso, uvas pasas y mucho vino tinto en casa de los hermanos. Volví a mi sórdida pensión cerca de San Bernardo con la cabeza dándome vueltas. Por lo general en los días de caminata me dormía enseguida; SIGUE
Las secciones CLASIFICADOS, FOROS y URNAS entrarán en funcionamiento en diciembre de 2004. Son servicios que necesitan, a pesar de la automatización con la que están concebidos:
Una masa crítica de usuarios.
Recursos humanos suficientes para mantener su calidad y frescura.
Las nuevas tecnologías son consumidoras de recursos humanos como ninguna otra tecnología lo había logrado. El uso masivo de recursos humanos se compensa con sus extraordinario réditos en productividad, transparencia, participación y proximidad. Un rizoma es un reto y un año pasa rápido. El interés y viabilidad de un rizoma está determinado por los contenidos, por el interés que concita, los apoyos que genera y un poco más adelante por los servicios que proporciona. No al revés.
ESTRATEGIA DE LOS
TRES SEMESTRES
I semestre. 1 de enero de 2004. Cazurra Bit es un rizoma en estado de propuesta, con contenidos que se renuevan mensualmente.
II semestre. A partir del 1 de julio de 2004 Cazurra Bit renovará sus contenidos semanalmente y desplegará todos sus servicios
III semestre. A partir de 1 de Enero de 2005 Cazurra Bit se transforma en un rizoma en tiempo real, con más y mejores contenidos.
Cazurra Bit utilizará la estrategia de los tres semestres para reunir energía y apoyo social; para alcanzar la masa crítica que garantice su supervivencia.
ROMPIMIENTO DE GLORIA MARQUÉS DE TAMARÓN | 01-03-2004
Tintoretto. El anuncio a la mujer de Manué (Portada del libro)
Reproducimos el capítulo II de la novela
ROMPIMIENTO DE GLORIA
Marqués de Tamarón
Pre-textos · Narrativa, 2003
La jornada terminó al filo de la medianoche, tras una cena de queso, uvas pasas y mucho vino tinto en casa de los hermanos. Volví a mi sórdida pensión cerca de San Bernardo con la cabeza dándome vueltas. Por lo general en los días de caminata me dormía enseguida; al cerrar los ojos contemplaba alguna escena de la montaña y el sueño me invadía como el opio. Pero esa noche todo era distinto y excesivo: demasiado cansancio, demasiada euforia, demasiado vino, demasiada esperanza. Así es que decidí hacer una composición de lugar para serenarme. Mi sucinto diario había servido hasta entonces de mero registro de lecturas o de reuniones políticas; bien podía, aún a costa de mi pudor leonés, reflejar otras cosas.
Según iba escribiendo, la curiosidad se imponía a la exaltación primera. ¿Quiénes eran Miguel y Elena?. Habitaban solos en una casa con jardín en el barrio del Viso, lo cual permitía suponer que eran ricos, y eso me molestaba por cuanto los alejaba de mí. Pero, bien mirada, la casa era modesta, tenía desconchones, el jardín estaba descuidado, la despensa casi vacía y los muebles desvencijados. El único lujo parecía ser un piano y muchos libros, así es que después de todo a los mejor resultaban no ser de clase pudiente. Quizá vivían de su sueldo de capitán de Caballería (lástima que no fuese brigada de Aviación) y de las clases de latín que ella daba (eso ya me parecía más acorde con mi talante). ¿Qué edad tenían?. El parecía tan mozo como yo y ella también muy joven, pero a mis veintiún años se intuían fácilmente las diferencia de edad y ellos con su aplomo tenían que ser mayores que yo.
Mas no importaba, serían distintos de mi y de mi mundo pero parecían estar a gusto conmigo; se reían conmigo y no de mí. Me miraban sin condescendencia y ella había prestado atención a mis explicaciones sobre los recientes hallazgos de papiros griegos en Egipto, aunque luego yo me trabuqué porque me fijé en sus ojos y volví a pensar si eran garzos o zarcos, y ella debió de notar mi azaro pues me interrumpió, contra su costumbre, diciendo:
Otro día le enseñaré los últimos textos clásicos bilingües de Loeb que acabo de recibir. ¿Quiere más vino?
Sí, sí me apresuré a contestar, sin saber si me refería al vino o a la gloriosa promesa de que habría otro día. Por si acaso era un voto vano, dejé en su casa mi mapa de la Sierra como excusa para volver.
Me dormí ufano de mi ardid; si ella era diosa con ojos de color indecible yo era el astuto Ulises. Pero a la mañana siguiente apareció en la fonda un soldado con un sobre que contenía el mapa y una tarjeta del Conde de Fonseca. Al principio me quedé perplejo. ¿Quién sería aquel residuo del antiguo régimen que se entrometía en mi nueva vida? Luego me rebosó la amargura al comprender que el conde no era otro sino Miguel y que éste había desecho mi artimaña para no tener que volver a verme. Yo creía haber congeniado con gente maravillosa y resultaban ser unos rancios figurones que me despreciaban.
Tan solo al cabo de unos minutos de despecho agitado reparé en que la tarjeta llevaba unas frases garrapateadas. De acuerdo con la costumbre que yo desconocía estaban escritas a lápiz y tan tenues que tardé en descifrarlas. Qdo. amigo, le propongo una excursión par el domingo que viene, esta vez sin prole y en tren. Cenaremos luego en casa. Cita en la estación del Norte a las ocho. Su affmo. Miguel.
Creí que nunca llegaría el domingo, pero llegó y fue el día más agotador de mi vida. Yo había ayudado de niño en las faenas del campo, de sol a sol, y luego me tocaron jornadas de guerra abrumadoras, pero ninguna como aquella marcha de 50 kilómetros y mil doscientos metros de desnivel en nueve horas. Reunía todas las penalidades imaginables por un sargento vesánico de una compañía de castigo: sol de frente, dos kilómetros a través de un zarzal virgen, un kilómetro por una morrena movediza, subidas que parecían verticales, bajadas por senderos de guijarros de los que se hincan en los pies cuando no tuercen los tobillos. Fui esperando un bucólico dejeuner sur l'herbe y me encontré con un loco rito iniciático. Porque todo debía de estar minuciosamente preparado, salvo la tormenta que nos caló y atronó durante dos horas.
Conseguí no quejarme ni mostrar sorpresa alguna. Bueno una sorpresa, sí. Creo que me quedé con la boca abierta cuando al acercarnos a un arroyo Elena gritó:
¡Maricón el último que se zambulla en esa poza!
Y salió corriendo hacia la balsa, desnudándose por el camino. Miguel se sonrió.
Será mejor dejarla y que se bañe ella antes que nosotros.
Esperamos nuestro turno vueltos de espaldas.
Pero la mayor sorpresa, y esa conseguí ocultarla, fue el aguante de Elena. Cuando yo no podía más y sentía que me iba a estallar el corazón y las sienes, ella me adelantaba toda risueña y hasta silbando. Que Miguel, con su constitución atlética y su entrenamiento militar, fuese más vigoroso que yo, pase. Pero la resistencia y los bríos de su hermana resultaban prodigiosos. Creo que fue ahí y no en los mítines de Victoria Kent donde perdí todo resto de machismo pueblerino.
Cuando ya cerca de la estación para coger el tren de vuelta nos sentamos un momento al sol, tiritando del remojón de la tormenta, vimos como se desgarraban las nubes plomizas sobre el valle y un chorro de luz parecía golpear con violencia un soto verde oscuro, casi negro, de pinos, rodeados de piornos color amarillo chillón.
¿Sabe usted cómo se llama eso en pintura? me preguntó Miguel.
Un rompimiento de gloria. Por mi primera comunión me regalaron una caja de peladillas muy duras con Santa Teresita del Niño Jesús en la tapa, sobre un fondo de arco iris. Desde entonces no soporto el arco iris ni las peladillas.
Bien.
Entonces ¿he pasado todas las pruebas? ¿O me van a seguir ustedes torturando? pregunté con voz queda.
Los hermanos se miraron y prorrumpieron en risas y gritos.
¡Ya pasó, ya pasó! ¡Eres más saturnal que saturnino!
¡Casi pánico! ¡Cómo atravesastes la maleza! Claro que te dejaste allí media camisa... pero ya aprenderás a pasar de lado como los pájaros y no de frente comos los cochinos jabalíes.
Eres jovial...
¡Y jupiterino! El tronante no te asustó...
Las máyades no te ahogaron en la poza; las dríadas te aman.
Nos abrazamos los tres y casi perdimos el tren. Del viaje recuerdo poco porque me dormí; de la cena menos porque me emborraché. O me emborracharon.
Creo que hable mucho de mí. Debí de contarles que mi padre era veterinario en la aldea, que el cura me aficionó al latín pero no supo impedir que yo abandonase el opio del pueblo, que me gustaba Gorki, que estaba decepcionado de la República burguesa, en fin, lo que solía contar a cualquier nuevo conocido en la Universidad. O quizá bebí tanto que hasta les confesé que echaba de menos a mi perro mastín en León o que había llorado hacía poco leyendo un villancico de Lope de Vega.
Me desperté con resaca, con agujetas y con ampollas, en el sofá destartalado de la casita del Viso. Elena escribía en su mesa delante de la ventana, de espaldas a mí. Me quedé inmovil unos minutos, observando las proporciones perfectas de sus hombros, el suave tono de miel clara de sus brazos como si la víspera hubiese jugado apenas una hora al golf en Puerta de Hierro y su respiración acompasada. La mía no debía serlo tanto pues sin volverse dijo:
Si estás ya despierto y si puedes moverte, encontrarás café y aspirinas en el comedor.
Allí estaba ya Miguel, devorando huevos fritos con chorizo, melón y pestiños, de uniforme impecable. con botas de montar y oliendo, como su hermana, a agua de colonia Álvarez Gómez.
¿Adónde vas así de elegante?
A montar a caballo, pero te dejo en casa de camino. Me han prestado una moto.
Oye, ¿dije muchas tonterías anoche?
Lo normal.
Yo querría invitaros algún día, pero...
Pero estás sin blanca. Nosotros también. Bueno, para tomar horchata en un aguaducho sí que tendremos. Y será menos duro que un juicio de Dios montuno.
-------------- Texto:Marqués de Tamarón Ilustración:Tintoretto.El anuncio a la mujer de Manué (Portada del libro)
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