Cuando estoy desgastando la almohada, durmiendo plácidamente, aparece la pesada de la avispa que en una secuencia repetitiva e interminable, me dice al oído:
Raquel, guapita, voy a pinchar tu carita... SIGUE
Polígono de la muerte Raquel Malquite Sonagua|León|01-01-04
Cualquier excusa era buena para mamá. Le encanta organizar fiestas con sus amigos a pesar de que la casa es pequeña y las fiestas resultan, en nuestra opinión, engorrosas. SIGUE
Las secciones CLASIFICADOS, FOROS y URNAS entrarán en funcionamiento en diciembre de 2004. Son servicios que necesitan, a pesar de la automatización con la que están concebidos:
Una masa crítica de usuarios.
Recursos humanos suficientes para mantener su calidad y frescura.
Las nuevas tecnologías son consumidoras de recursos humanos como ninguna otra tecnología lo había logrado. El uso masivo de recursos humanos se compensa con sus extraordinario réditos en productividad, transparencia, participación y proximidad. Un rizoma es un reto y un año pasa rápido. El interés y viabilidad de un rizoma está determinado por los contenidos, por el interés que concita, los apoyos que genera y un poco más adelante por los servicios que proporciona. No al revés.
ESTRATEGIA DE LOS
TRES SEMESTRES
I semestre. 1 de enero de 2004. Cazurra Bit es un rizoma en estado de propuesta, con contenidos que se renuevan mensualmente.
II semestre. A partir del 1 de julio de 2004 Cazurra Bit renovará sus contenidos semanalmente y desplegará todos sus servicios
III semestre. A partir de 1 de Enero de 2005 Cazurra Bit se transforma en un rizoma en tiempo real, con más y mejores contenidos.
Cazurra Bit utilizará la estrategia de los tres semestres para reunir energía y apoyo social; para alcanzar la masa crítica que garantice su supervivencia.
POLÍGONO DE LA MUERTE RAQUEL MALQUITE SONAGUA | León | 01-02-2004
Antonio Tapies. Acrílico 1980
Cualquier excusa es buena para mamá. Le encanta organizar fiestas con sus amigos a pesar de que la casa es pequeña y las fiestas resultan, eso nos parece a nosotras, engorrosas. Mi hermana y yo le ayudamos en los preparativos y sobre las nueve de la noche empiezan a llegar los invitados.
El pacto consiste en que en las dichosas fiestas nos podemos quedar hasta las 11,30 de la noche. Podemos estar en el salón o en nuestra habitación con el ordenador.
Siempre hemos optado por quedarnos en el salón el tiempo justo para determinar si amenaza tormenta. Era como hacer el parte meteorológico. Mamá suele invitar a alguno de sus ligues o candidatos a ligue. Es estratégico conocer con antelación el riesgo que corremos. A la edad de mamá se suspira mucho por relaciones estables y duraderas, "por el hombre de tu vida". Me lo tengo muy aprendido de sus chácharas telefónicas. El problema de los "hombres de tu vida", al parecer, es aguantarles cuando llegan.
En la fiesta de la que quiero ocuparme, mamá había preparado ajoblanco, bacalao rebozado picante que le salía fenomenal, salmón marinado, y una macedonia de frutas que estaba de chuparse los dedos. Como siempre con muchas bebidas guarras de mayores, de las que marean a 10 metros de distancia y refresco chispeante de limón que prepara mamá con su fórmula mágica.
Llegó primero un compañero suyo de trabajo que arrastraba consigo un olor a loción de afeitado altamente tóxico, con gafas, calvo y aspecto de hombrón. Era un manojo de sinceridad y no hacía más que comentarios innecesarios.
¡Que casa tan pequeña!... ¡Este sofá no pega nada!... ¿Sois hermanas?. No os parecéis nada. Hablaba sin esperar respuesta, marcando el territorio, la estancia y el futuro.
¿Sois hijas del mismo padre?. Preguntó por fin Vicente, que así se llamaba, dirigéndose esta vez de verdad a nosotras, mirándonos a los ojos. Me gusta hablar claro. No debe pareceros mal. Quiero hacer feliz a vuestra madre. Se contestó el mismo sin dejarnos abrir la boca.
O cambia de loción de afeitar o terminará en la cárcel. Es peor que gas mostaza. Interrumpió Alberta. Y continuó. La sinceridad es de las cosas que más aprecio y debe usted saber que jamás se me ha pasado por la cabeza tener por padrastro a un oligofrénico.
Si duerme en esta casa no se levanta vivo. Rematé yo.
Nos levantamos y nos fuimos a la habitación de mamá donde se estaba arreglando. Era un ritual. Quiero decir que era un ritual que mamá empezara a arreglarse justo cuando llegaba el primer invitado.
Nos encanta la sinceridad con la que habla tu amigo Vicente. Nosotras le hemos correspondido. Debieras sentirte orgullosa de nosotras. Hemos estado a la altura de su sinceridad. Lástima que no lo sepas apreciar. Resumió Alberta.
¿Qué le habéis hecho?. Y sin esperar la respuesta añadió. Escuchadme bien, es mayorista de informática y no es ningún tonto. Ya termino de arreglarme. Por favor Alberta, llena la cubitera de hielo y sácala al salón.
Viene a casarse contigo, tener doce hijos y a arruinarnos la vida, se lo noto. Dije yo. Si tengo que compartir vida con un hermano de ese impedido me muero. Nos quiere someter. Tiene aspecto de llevar una navaja en la faja. Si se instala en casa tendremos que sacarle a tiros. Llevo dos minutos con él y ya tengo náuseas.
¡Anda, ayuda a tu hermana y deja de decir sandeces!. No quiero discutir. Ordenó mamá.
Al ratito llegó mamá toda radiante. Vicente se levantó para darla un beso y añadir, tienes unas hijas, je, je, muy guapas y muy sinceras.
Durante toda la noche le estuvimos llamando Manostijeras Jejé. Sus manos eras grandes y de dedos descomunales.
Al rato llegó el loro de su amiga Lidia con Jaime, después Emilio, más tarde Juan y Julián y por último Sandra, Espe y Anamari. Anamari nos caía muy bien. Siempre te divertías con ella y encajaba muy bien las bromas. Nos llamaba las "mataligues".
Julián es un tipo guapo, entrañable y delicioso. A Alberta y a mi nos encanta. Nos parece el padrastro ideal. El único problema es que sigue pensando que las mujeres somos seres angelicales, no nos comprende y no acaba de entender el lugar que las mujeres ocupamos en el universo. Era un amigo soltero de mamá y muchos domingos quedábamos para salir al campo.
Jaime, casado con Lidia, era el típico buscón que le encantaba manosear a todas las mujeres. No sabemos porqué demonios a mamá le parecía un ser gracioso. A Lidia, por el contrario, una mujer apocada y a todas luces inofensiva, mamá la tenía atravesada.
Emilio era un tipo muy serio. Era buena persona y siempre nos traía cosas. Un día que le pregunté por qué no se reía me dijo que de pequeño, cuando jugaba al lado de un río, uno de sus amigos contó un chiste tan bueno que se le saltó la risa. La risa, claro, se la llevó el agua. Emilio decía cosas muy raras. Era verle y empezar a reír.
Juan estaba loco por mamá y mamá no estaba loca por Juan. Juan y mamá eran buenos amigos y siempre que hacía una fiesta le invitaba. Juan era el típico sufridor que tanto juego da a las solteronas. Juan tiraba por los carros y carretas de las humillaciones y desplantes de mamá como si hubiera nacido para ello.
Aquella cena era un polígono con cinco caras, Manostijeras Jejé, Julián, Jaime, Emilio y Juan. Se sabe cómo empieza una cena, nunca cómo termina. Una cena puede decidir tu futuro y es mucho lo que está en juego.
La fiesta transcurrió como de costumbre, despellejando la mayor parte del tiempo a amigos comunes no presentes, hablando bien a regañadientes de algunos otros y las habituales chanzas y parabienes. Transcurrió como nos parecía a nosotros que era lo habitual con la salvedad de que Julián y mamá se sentaron juntos y a lo largo de toda la velada conversaron entretenidos y alegres, intercambiaron sonrisas, se agarraron de la mano y para gozo de ellos y mayor esperanza nuestra, bailaron su canción favorita, según proclamaron, y muchas más.
Era lo mejor que podía pasar y pasó. Nunca les habíamos visto tan animados. Alberta y yo optamos por una retirada estratégica hacia nuestra habitación deseando en lo más profundo de nuestro corazón todo lo mejor para mamá y Julián. Estábamos cansadas y al ratito nos quedamos dormidas sin apenas darnos tiempo a intercambiar algunas frases. A la mañana siguiente, aunque era fiesta, nos despertamos un poco antes de lo habitual quizá animadas por nuestra natural curiosidad.
¿Tú crees que ha pasado algo?. Preguntó Alberta. Creo que no. Se contestó, porque no he oído nada en toda la noche. Mamá ha dormido sola, estoy segura.
Yo no puedo decir nada. He dormido a pierna suelta. Pero me parece que la casa huele a Julían, lo presiento. Es el papá que necesitamos.
Alberta y yo teníamos los apellidos de mamá. Nuestros papás son desconocidos. Ni siquiera mamá sabe con precisión de quién puede tratarse y dónde pueden estar. Se trató de amores ocasionales que no dejaron rastro afectiva en su vida. En ningún caso le pareció conveniente a mamá inculcarles en la tarea de ser padres, no fuera a ocurrir que se les subiera a la cabeza.
Lo cierto es que a mí, por curiosidad, me apetecía tener un papá, no fijo, pero sí por un tiempo. Alberta no estaba nada segura. Una vez tuvo un padrastro, yo era muy pequeña y no lo recuerdo, con el que se llevaba bien. Lo de mamá y aquel señor no funcionó y Alberta se quedó con un palmo de narices. Yo creo que lo que no le gusta es encariñarse con otra persona y pasar por el miedo de tener que perderla.
Alberta se levantó de la cama sin hacer ruído y se fue a merodear por la casa. Volvió al instante, como una exhalación, toda azarosa.
¡Mamá está con alguien!. El salón está sin recoger. Seguro, mamá está con alguien.
¡Chupi, chupi, chupi y chupi!. Exclamé alborozada. Mamá después de las fiestas recoge el salón y la cocina. Que el salón estuviera manga por hombro era la prueba de que había tomate.
Acércate a la habitación de mamá y averigua. Me propuso Alberta.
Me levanté y con gran sigilo me acerqué a la habitación de mamá. El nerviosismo y la excitación no me dejaban mantener la calma. Primero me acerqué a la puerta de su habitación y puse la oreja. Estuve un buen rato y volví.
No se oye nada. Le dije a Alberta. Está todo en silencio.
Vuelve, abres un poco la puerta y miras. La puerta de mamá no chirría.
Y volví. Giré el pomo con gran cuidado, entreabrí la puerta y pasó lo que tenía que pasar. Me dí de bruces con los ojos abiertos de mamá.
¡Raquel, hija!.
Salí escopetada para mi habitación y me metí en la cama sumergiéndome entre las sábanas.
¿Qué pasa?. Me inquirió Alberta después de abalanzarse sobre mí.
¡Me duele todo, desde el dedo gordo del pies hasta las cejas!, me duele todo lo que está por dentro de la piel. Me duele hasta el pijama.
¿Te has caído?, ¿qué ha pasado?.
Al abrir la puerta mamó levanto la cabeza y me vio.
¿Y qué?
¿Cómo que y qué?, mamá me sorprendió abriendo la puerta con cuidado.
O sea, que estaba durmiendo sola. Concluyó Alberta y se fue otra vez hacia su cama. Pues yo no pienso recoger el salón.
¡Eres tonta, mamá estaba durmiendo con Manostijeras Jejé!. ¡Me muero!. Pude decirle.
Lo imposible acabó ocurriendo. Lo que no estaba previsto, aconteció. Lo que nadie deseaba excepto la insensata de mamá, se produjo. Se me debió alterar tanto el ritmo cardiaco que me desperté prisionera de una gran agitación y con sintomatología de infarto, fuerte dolor en el pecho a la altura donde debía estar mi teta izquierda y ahogadas ganas de gritar.
Me desperté en ese preciso momento, cuando descubrí que lo imposible se había producido, arrebujada en el fondo de la cama, desorientada por las aleatorias, impredecibles y enigmáticas circunstancias que pueden desembocar en un padrastro no deseado. Me desperté atribulada por las ingentes posibilidad de mamá para hacer padrastros, tantas como caras tiene un polígono.
Mi generación, la generación polígono, tiene muchas pesadillas.
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