01 | Feb | 2004 | nº 0001 REVISTA DE RELATOS • Sale el día 1 de cada mes
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El alboroto de la avispa
Raquel Malquite Sonagua|León|01-01-04

Cuando estoy desgastando la almohada, durmiendo plácidamente, aparece la pesada de la avispa que en una secuencia repetitiva e interminable, me dice al oído:
—Raquel, guapita, voy a pinchar tu carita...
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Polígono de la muerte
Raquel Malquite Sonagua|León|01-01-04

Cualquier excusa era buena para mamá. Le encanta organizar fiestas con sus amigos a pesar de que la casa es pequeña y las fiestas resultan, en nuestra opinión, engorrosas. SIGUE

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Las secciones CLASIFICADOS, FOROS y URNAS entrarán en funcionamiento en diciembre de 2004. Son servicios que necesitan, a pesar de la automatización con la que están concebidos:
Una masa crítica de usuarios.
Recursos humanos suficientes para mantener su calidad y frescura.
Las nuevas tecnologías son consumidoras de recursos humanos como ninguna otra tecnología lo había logrado. El uso masivo de recursos humanos se compensa con sus extraordinario réditos en productividad, transparencia, participación y proximidad. Un rizoma es un reto y un año pasa rápido. El interés y viabilidad de un rizoma está determinado por los contenidos, por el interés que concita, los apoyos que genera y un poco más adelante por los servicios que proporciona. No al revés.
ESTRATEGIA DE LOS
TRES SEMESTRES


I semestre. 1 de enero de 2004. Cazurra Bit es un rizoma en estado de propuesta, con contenidos que se renuevan mensualmente.
II semestre. A partir del 1 de julio de 2004 Cazurra Bit renovará sus contenidos semanalmente y desplegará todos sus servicios
III semestre. A partir de 1 de enero de 2005 Cazurra Bit se transforma en un rizoma en tiempo real, con más y mejores contenidos.
Cazurra Bit utilizará la estrategia de los tres semestres para reunir energía y apoyo social; para alcanzar la masa crítica que garantice su supervivencia.




EL ALBOROTO DE LA AVISPA
RAQUEL MALQUITE SONAGUA | León | 01-02-2004



Avispa

Cuando estoy desgastando la almohada, durmiendo plácidamente, aparece la pesada de la avispa que en una secuencia repetitiva e interminable, me dice al oído:

—Raquel, guapita, voy a pinchar tu carita.

Soporto casi todas las bromas. Pero no soporto que me pique una avispa y menos aún que me pique en la cara. ¡Duele que te las pelas y afea que no veas!.

Así que ya ven, tan pronto como oigo la voz afilada de la avispa, empiezo a dar manotazos para espantarla. Doy tantos manotazos que sábanas y mantas acaban en un rebujo, la almohada vuela por la habitación, la lámpara de la mesita acaba en el suelo y acabo, yo misma, tirándome y debajo de la cama.

Estaba, de veras, desesperada. La avispa había agotado todas las reservas de paciencia y me impedía día sí, día también, desgastar la cama con tranquilidad. Era urgente hacer algo pero no sabía qué.

Hasta que un día, zas —¡ya lo tengo!. Tengo que pedirle a mi hermana Alberta que me cambie la cama. Alberta me había propuesto el cambio de cama porque los primeros rayos de Sol le despertaban. Para fastidiarla aunque a mí me daba igual, porque a esas horas no existe sobre la faz de la Tierra luz o ruido alguno capaz de despertarme, le había dicho que no. Yo necesito desgastar camas y en la práctica cualquiera me sirve. Lo cierto es que le dije que no. Y creo que lo hice para que tuviera envidia de mi cama y de mi posición en la habitación. Fue como una revelación descubrir lo importante que era mi cama y mi posición en la habitación. Rápidamente me di cuenta de que ahí habia negocio.

—Alberta, —le propuse— he pensado mejor la propuesta de cambiarnos de cama y si tú quieres a mi no me importa.

—Vale. —Dijo Alberta—. ¿Estás segura?

—Sí, sí. —Le contesté rápida.

Esa misma tarde hicimos el cambio. Cambiamos los respectivos cajones de la mesita, nuestros respectivos pijamas y el repelente e infantil oso de peluche de mi hermana. Tengo que admitir que de repente me sentí muy feliz. Por fin podría desgastar la cama sin manotazos a medianoche y trompazos contra el suelo. No se puede vivir con una pesadilla de avispa, creánme, es desesperante.

Yo no hacía mal a nadie. Era evidente que la avispa estaba obsesionada conmigo. Y como estaba segura de que me intentaría buscar, de que intentaría dar con mi paradero, tomé la precaución de embozarme bien en la cama. La obscuridad haría el resto. No daría conmigo, se agotaría, e iría en busca de una nueva víctima por otras casas de la vencidad.

Todo ocurrió como estaba previsto. Aquella noche dormí como una reina. Y todo hubiera sido perfecto de no ser por mi hermana Alberta.

Cuando me levanté ya se había levantado todo el mundo, nada extraño, con la salvedad de que mamá y Alberta ya estaban vestidas y se disponían a ir al médico corriendo. Fue un espectáculo que jamás olvidaré. Mi hermana Alberta tenía la cara hinchadísima. No se sabía si era el culo o la cara. No parecía ella. Me quedé de piedra y se me dispararon todas las alertas.

Por unos instantes creí que me volvía loca. Lo mío era una pesadilla, un sueño. La tradición dice que las pesadillas se resuelven cambiándote de cama o yendo a dar la turra a la cama de mamá medio jimoteando y esas cosas. Lo que digo, que si era un sueño, una mala pesadilla, yo no podía ser responsable del estado de la cara de mi hermana. No podía confundir imaginación con realidad y tenía que mantener la serenidad. Tenía que pensar. El problema es que me sentía culpable y tan culpable me sentía que decidí actuar.

—¡Esta casa es un infierno!, ¡todas las mañanas tiene que pasar algo terrible!. —Sacudí. Y dirigiéndome a Alberta, añadí —¡se te podía haber hinchado la cama por la tarde, pero no, tiene que ser por la mañana!. —Y después le disparé a mamá —¡Algún día tenía que pasar!, ¡la manía de tu hija Alberta de llevarse las cosas a la boca, seguro que ayer se comió la tinta del rotulador!, ¡ten hermanas mayores para esto!. —Y concluí en voz más baja, —¡vaya ejemplo de los cojones!.

—Déjala Alberta. Ya sabes como se pone por las mañanas. Vámonos. —Dijo mamá con ganas de sobrevivir.

Era más temprano de lo normal, las 7,30. Estaba sola en casa y con unos remordimientos terribles. Me sentía tan mal que a pesar de la hora llamé por teléfono a mi amiga Lola y se lo conté todo.

—Pues la verdad, —dijo Lola—, no sé como te has atrevido a llamarme a estas horas, me parece de lo más repugnante.

—No te puedes imaginar en el estado en que me encuentro, Lola. —Le insistí—. Se me ha secado la boca y me han engordado las amigdalas y la lengua. No me entra aire.

—Pues vete por urgencias, guapa. Además yo no sé que decirte, estoy medio dormida. Lo siento. —Y colgó el teléfono insensible a mi sufrimiento.

Tenía que contarle toda la verdad a Alberta. Estaba muy arrepentida, tenía náuseas y sentía ahogos. Lo más probable es que los médicos estén confusos. Se interrogarán unos a otros sobre el misterio que aquella hinchazón y tendrán que hacerle un análisis de sangre, tendrán que pincharla, le pondrán electrodos para verle la cabeza, le atravesarán el cuerpo con rayos equis y le pondrán un dilatador bucal que le abrirá en dos, en canal, desde la boca, para que el médico y las enfermeras pueden meter sus cabezotas y linternas.

Pensé que debía vestirme a todo correr y llamar a un taxi para que me trasladara al hospital. Si le contaba a los médicos lo que había pasado ahorraría mucho sufrimiento a Alberta y el mal trago de tener que orinar dentro de un recipiente aséptico delante del cuadro médico al completo.

No sabía que hacer y me quede paralizada. Quería vestirme pero era incapaz. No tenía fuerzas. Era incapaz de moverme.

A la hora más o menos, llegaron mamá y Alberta. Sin saber cómo, recobré la energía, me abracé a mi hermana y empecé a llorar. Se lo conté todo y le rogué que si podía que me perdonara. Le conté que estaba muy desesperada con la maldita avispa pero que pensaba que la avispa nada más quería hacerme daño a mí.

—Quizá debí decírtelo para que tuvieras cuidado. —Le confesé, sincerándome en medio de un cuadro de ansiedad que me aflojaba las piernas y la tripa.

—¿Qué dices, Raquel?, ¿ahora qué te pasa?, ¡estás como una cabra!. La muy jijas no es capaz de salir, no tiene fuerzas para abrirse camino en las encías. Tengo que tomar unas pastillas y me tiene que hacer sitio. Me han dicho que no vaya la colegio para evitar pasar malos ratos. Para que no me hagan burla. Mañana me hacen sitio.

No pueden imaginar el descanso interior que me produjeron las revelaciones de Alberta. Fue un descanso tan merecido que noté como una intensa placidez se apoderaba de mi y me arrastraba, con extrema delicadeza, del sueño hacia la vigilia. Sin querer me desperté hecha un ovillo de sábanas y a punto de caerme de la cama.

Pensé por última vez en el extraño lugar donde Alberta había puesto el culo, allí arriba encima de los hombros, y me fui con sigilo hasta su cama para cerciorarme de que todo había sido una pesadilla, con final feliz. Por fortuna Alberta dormía con evidente quietud. Todo estaba en orden si descontamos que yo estaba empapada de sudor y que para esas horas, la opinión que yo tenía de mi misma estaba tan extraviada como de costumbre.

FIN

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Texto: Raquel Malquite Sonagua
Fotografía:
Avispa

Raquel Malquite Sonagua
(León 1987). Estudiante de BUP
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